sábado, 17 de febrero de 2018

Símbolos patrios


por Daniel Link para Perfil

Cada vez que hace falta, la patria encuentra un símbolo nuevo que la represente. Es un signo, apenas, pero que tiene la capacidad de arrastrar otros signos y potencias y colocarlos en visible constelación.
En el mismo acto en que el soberano recibe en palacio al verdugo que asesina por la espalda, lo abraza y lo felicita, los demás puntos reverberan y adquieren una consistencia que tal vez antes no tenían: cada destrucción de una fuente de trabajo (que según un informe del gremio de industriales y reproducido por el más antiguo periódico del país se cuentan ya por docenas de miles); la inflación y el precio del dólar que se comen como un taladrillo la capacidad adquisitiva de las gentes; el desmesurado aumento de las precios de las energías, que debilitan las otras, las fuerzas vitales; la limitación, por todas partes: en las negociaciones salariales, en los movimientos, en las esperanzas y en la posibilidad de recordar el pasado; el adelgazamiento de lo poco de humanidad que nos queda y la entrega miserable de nuestras capacidades a la administración de publicistas, encuestadores y gestores. Sobre todo, cada muerto por la policía repite el nuevo símbolo patriótico: el tiro por la espalda.
No le des la espalda al soberano (o sus ministros, edecanes y bufones). Pero sobre todo, no le des la espalda a sus verdugos (en la ciudad de Buenos Aires, hay un policía cada 107 habitantes, sin contar las otras fuerzas de seguridad). Cada veintitres horas el Estado asesina a una persona. En los últimos 722 días, mataron a 725 “delincuentes”.
Y el soberano considera que eso merece no sólo el aplauso, sino también su ala protectora. Ése es el remate: te hieren un poquito cada día y de repente, el tiro por la espalda te aniquila.
Se dice: “A cada cerdo le llega su San Martín”. La fiesta de San Martín de Tours se celebra el 11 de noviembre, y coincide con la matacía o matanza del cerdo.


viernes, 16 de febrero de 2018

Fragmentos de un discurso



El valor de los docentes

por Daniel Gigena para La Nación

Cuando se difundió la noticia de que la ministra de Educación de la ciudad de Buenos Aires, María Soledad Acuña, impulsaba la creación de una Universidad Pedagógica en reemplazo de los 29 profesorados de la ciudad, pensé que la causa de esos afanes por reinventar la educación pública cada cuatro años se explicaba en la ausencia de maestros y profesores en las áreas educativas de la mayoría de los gobiernos. ¿No es curioso que no se convoque a ningún docente para ocupar puestos de importancia en la administración pública?
En este contexto recordé los años de estudio en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González. Empecé a estudiar ahí cuando Enrique Pezzoni ya había fallecido. Se había convertido en un mito, un mito literario y docente al que contribuían historias de amistad y de lecturas, de enseñanzas y de ironías que contaban los que habían tenido la suerte de ser sus alumnos. Al parecer, Pezzoni había sido un gran bromista. Sus alumnos lo amaban.
La mía fue una suerte derivada. Varias de las profesoras que nos enseñaban teoría literaria, literatura argentina y latinoamericana o que daban seminarios sobre escritores contemporáneos en aulas ubicadas en un subsuelo habían sido formadas por él. Eran pocas las clases en las que no hicieran una alusión a "Enrique". Con los años supimos que él había sido editor en Sudamericana, traductor y crítico literario, además de docente. Ante todo, docente.
Fue amigo de Silvina Ocampo, de Francis Korn y Edgardo Cozarinsky, "protegido" de Victoria Ocampo y maestro de Daniel Link, Isabel Vassallo, Silvia Calero y Luis Chitarroni. En un capítulo dedicado a Pezzoni de La lectura: una vida., suerte de biografía lectora, Link cuenta que fascinaba a todos por su manera de ser y de leer pero sobre todo "por la extraordinaria sensibilidad a la palabra de sus alumnos". La misión del maestro se imponía a las otras actividades de Pezzoni (al que, sigue contando Link, le decían "Chepe").
"En años de dictadura, el seminario que daba Enrique en el Joaquín V. González era un milagro: vendaval de ideas y audacia -cuenta Elsa Drucaroff, una de las alumnas de Pezzoni que se convirtió en docente-. Era temerario: con el Joaquín entonces repleto de hijas de militares, mostraba sin disimulo el profundo asco que le daba el gobierno. Los más inquietos asistíamos como oyentes y seguíamos yendo incluso luego de aprobar. Era muy generoso con quienes valoraba pero a los malos estudiantes los ridiculizaba con humor ácido. Cambiaba el programa todos los años, cruzaba teoría con análisis de obras: lo fantástico y Borges, Felisberto Hernández y Onetti; lo poético y Vallejo y Darío; un seminario entero para Roland Barthes, otro para Bajtín". Drucaroff recuerda que el entusiasmo con el que salían de esas clases era tan grande como si en unas horas hubieran recorrido tierras fascinantes y también peligrosas. Años después, ella fue nuestra profesora de seminario de literatura argentina contemporánea en el profesorado. En educación y en literatura, los legados y la historia son fundamentales.
Isabel Vassallo conoció a Pezzoni en un seminario de posgrado que él daba en el Instituto del Profesorado en el año 1971. Era un seminario sobre nueva poesía latinoamericana, donde "nueva" quería decir "poesía de las vanguardias históricas". Leían y analizaban poemas de César Vallejo, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y Octavio Paz. A ese seminario siguieron otros.
"De los docentes que admiramos y que nos han dejado marcas profundas, una de las más potentes, unida al saber, al saber decir, al entusiasmo, a la capacidad de poner en duda, a la invitación a cuestionar (todas ellas propias de Pezzoni), es la voz, la entonación -dice Vassallo-. Sigo escuchando, porque es inolvidable para mí, esa pregunta que él formulaba no como muletilla, sino como producto de su interés genuino en establecer una comunicación cierta con sus alumnos y alumnas allí presentes, ansiosos, expectantes: '¿Entienden ustedes?'". Los que fuimos alumnos de Isabel escuchamos esa misma pregunta en sus clases sobre formalismo ruso, estructuralismo y funciones poéticas del lenguaje. La memoria del docente está hecha de niveles y niveles de lengua, en los que resuenan episodios personales, homenajes secretos y el destino social.
"El ingreso de Pezzoni al aula era un acontecimiento -recuerda Vassallo-. Sus clases lo eran. Llegaba apurado, siempre original y elegantemente vestido, con un portafolio cargado de libros y papeles, deseoso por empezar. Su deseo transmitía deseo a los estudiantes. Desplegaba sus papeles en las mesas de esas aulas a veces inverosímiles del Instituto (un laboratorio, una sala de dimensiones tales que una porción de público escuchaba desde el pasillo), pero las transformaba en aulas verdaderas, porque es el profesor apasionado el que puede lograr eso". Con gracia, conocimiento, brillo y frescura, Pezzoni daba clases. Sus alumnos salían transformados del profesorado. "Ir a escucharlo era más que ir a aprender contenidos: era una experiencia vital". Pocas experiencias en la vida se asemejan a las que se alcanzan en un aula cuando hay entusiasmo y deseo por saber.
En las clases del profesorado leímos sus escritos reunidos en El texto y sus voces. En aquella ocasión, la palabra "voces" no nos pareció significativa. Con el paso del tiempo, entendimos que en cualquier texto literario que vale el esfuerzo (y el placer de leer), esa multiplicidad es definitoria. Como dije, no fui alumno suyo. Pero si es posible aplicar a la vida de las personas el carácter transitivo que subyace a las relaciones entre personas y entre personas y cosas, se podría pensar que también yo, al haber sido alumno de las personas que estudiaron con él, fui alumno de Enrique Pezzoni.


miércoles, 14 de febrero de 2018

Nueva doctrina

por Guido Croxatto para Perfil

La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, incurre en un error conceptual serio: las “doctrinas” pueden cambiar, pero las leyes no cambian hasta que no las transforma el Congreso de la Nación.

La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, incurre en un error conceptual serio: las “doctrinas” pueden cambiar, pero las leyes no cambian hasta que no las transforma el Congreso de la Nación. Es decir, que las fuerzas de seguridad deben orientar su acción dentro del cauce constitucional y penal, ajustando su “doctrina” de acción a lo que fija el sistema interamericano de derechos humanos.
Las fuerzas de seguridad están obligadas a no obedecer directivas que mancillan los derechos humanos. Esto es independiente de si tal directiva emana de un ministro, que incurre, cuando propone una “doctrina” incompatible con el sistema interamericano de derechos, en una responsabilidad política y eventualmente criminal, al “ordenar” a las fuerzas de seguridad que transgredan, en lugar de respetar, las normas constitucionales y procesales, preservando siempre la vida de las personas. Los ministros no tienen potestades para transformar –ni para transgredir– las leyes de la Nación.
Cuando se pasa por encima al Congreso de la Nación para otorgar plenas potestades a las fuerzas de seguridad se expone a la República a un severo desequilibrio de poderes. Se mancilla la independencia del Congreso y también del poder que debe velar por el respeto de nuestra ley máxima: el Poder Judicial.
En la “nueva doctrina” se presenta a los delincuentes como enemigos sociales. De este modo, se los priva, ante la opinión pública, de todo derecho. Lo que equivocadamente la ministra califica de “nueva doctrina”, no es sino el ya conocido “derecho Penal del enemigo”, una doctrina alemana incompatible con todo sistema democrático y que se ha empleado para justificar “excepciones” legales como la cárcel de Guantánamo, un espacio ajeno a todo orden legal y donde los “presos” carecen de todo derecho civil y humano. Donde se mancilla el debido proceso. Estos estados de excepción mancillan el principio de legalidad.
El simplismo de la ministra se advierte en su pobre diagnóstico sobre los motivos de la criminalidad. Se concentra en criminalizar las consecuencias, sin atacar las causas socio-económicas que se ocultan detrás de la criminalidad tosca, que es la que más se visibiliza en los medios. ¿Por qué en Dinamarca o Noruega no roban cámaras a los turistas y en Argentina o Brasil sí? Por la enorme exclusión social que padecen nuestros países. América Latina es, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la región con la mayor desigualdad social del mundo.  
Una política macroeconómica que solo aumenta la exclusión y la pobreza (en lugar de atacarla), requiere políticas represivas y de mano dura que mantengan la marginalidad “bajo control”. Se denominan teorías de “control social”. La ministra no aspira a reducir la criminalidad atacando las causas sociales y económicas de la exclusión. Al no existir un programa consistente en materia criminal, se cae en la demagogia punitiva, acicateando los peores fantasmas de la violencia represiva e institucional, que el Estado debería, por el contrario, combatir. Bullrich propone como única solución para enfrentar el delito aumentar la violencia institucional. La violencia institucional ha demostrado caer siempre en una espiral de mayor violencia. Bullrich pretende criminalizar la pobreza (que esas mismas políticas producen), estigmatizando como enemigos a todos los que, por diversos motivos, transgreden la ley (en general criminales pobres, no se cuestiona nunca el llamado crimen de cuello blanco). Pero en una democracia, quienes delinquen deben ser procesados, no asesinados en la vía pública. Tienen derecho a un juicio justo. Es un deber del Estado garantizar el debido proceso. Es una garantía constitucional básica. Un pilar del “garantismo”. 




martes, 13 de febrero de 2018

Adios Nonino

Artillería Inmanente les comparte en castellano el discurso de Giorgio Agamben pronunciado en ocasión de su recepción del «Premio Nonino 2018» entregado el 27 de enero 2018 en las Distillerie di Ronchi di Percoto (Údine, Italia).

A pesar de mi recelo por los premios y los castigos, he aceptado recibir el premio Nonino, por la simple razón de que se propone explícitamente en su ordenanza la «valorización de la civilización campesina». Es a propósito de estas dos palabras, «civilización campesina», que me gustaría reflexionar con ustedes. Porque si bien es cierto que algo continúa viviendo de ella, nosotros sabemos que la cultura campesina ya no existe, que pertenece al pasado. En los años en que yo nací los campesinos constituían todavía la mayor parte de la población italiana, pero mi generación observó progresiva y rápidamente su desaparición. Un hecho que no dejará de asombrar a los historiadores futuros es que nos haya llevado tan poco hacer desaparecer una cultura que, en sus líneas generales, había permanecido inalterada por cinco mil años. Y no menos sorprendente es la facilidad con la que nos hemos dejado persuadir por los pregoneros del progresismo que esto habría sido un fenómeno inevitable; tan inevitable, no obstante, que para llevarlo a cabo fue necesario, curiosamente, ejercer sobre los afectados una violencia sin precedentes.
No me refiero solamente al exterminio de los campesinos de la Unión Soviética, un genocidio en sentido propio —me gusta recordarlo precisamente hoy en el día de la memoria— que provocó un número de víctimas doble o quizá triple con respecto al exterminio de los judíos. Me refiero también a la violencia —porque de una forma de violencia se trató indudablemente, incluso si fue más sutil— que fue necesaria para deportar las poblaciones agrícolas del Sur hacia las fábricas de Norte.
Fue necesario hacerlo —se nos ha dicho— porque una nueva figura epocal se había asomado en los umbrales de la historia y habría marcado desde entonces el curso de los siglos por venir: el trabajador. En 1938 aparece el libro de Ernst Jünger que lleva precisamente este título: Der Arbeiter, el trabajador [en italiano l’operaio, que también significa «el obrero»]; un libro que tenía que ejercer una influencia considerable tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político europeo. En el centro del libro está la descripción y la teorización de esta nueva figura epocal, que tenía que sustituir a los campesinos (que, a decir verdad, apenas son nombrados por Jünger), la aristocracia y la burguesía en el dominio del mundo. Toda la modernidad se coloca según Jünger bajo su marca: la técnica —son sus palabras— «no es más que el modo en que la figura del trabajador moviliza el mundo».
Pues bien: todo esto era falso, simplemente falso. Esta figura epocal decisiva, que fue exaltada, descrita, representada y celebrada innumerables veces con amor y también rechazada con odio y desprecio, ha desaparecido con la misma velocidad con la que había aparecido. Existen ciertamente todavía trabajadores, pero el trabajador como figura epocal pertenece hoy al pasado del mismo modo que el campesino cuyo puesto tenía que tomar. No es fácil decir cuál es la figura histórica que tenemos frente —si el tecnócrata, el científico o algún otro personaje digital más oscuro del cual apenas conseguimos entrever su rostro— pero ciertamente no será el trabajador.
Jakobson habló, a propósito del destino trágico de los poetas rusos del siglo XX, de una «generación que disipó a sus poetas»: nosotros somos ciertamente una generación que disipó en pocos decenios un antiquísimo patrimonio y que no sabe bien con qué sustituirlo.
Me gustaría acabar, entonces, con las palabras de un autor que escribió el testimonio más extraordinario sobre el fin de la civilización campesina: Carlo Levi. Es un hecho sobre el cual no nos deberíamos cansar de reflexionar que, en los mismos años, dos judíos turineses homónimos, Carlo Levi y Primo Levi, publicaron los dos libros sin duda más importantes de la literatura italiana del siglo XX: Cristo se paró en Éboli (1945) y Si esto es un hombre (1947). En la novela El reloj, publicada en 1950 y ambientada en esos meses de 1945 en que el gobierno Parri, nacido de los Comités de Liberación Nacional, cae para dejar el puesto a la debacle política que nosotros conocemos y que él entrevé de un modo lúcido, Levi propone dividir el mundo en dos clases: los Campesinos y los Luigini. Los Campesinos son aquellos que «hacen las cosas, las aman y se complacen de ellas». Campesinos son para Levi no sólo los campesinos en sentido estricto, sino también los industriales, los artesanos, los empresarios, los matemáticos, los poetas, las amas de casa; todos aquellos, en suma, que «hacen las cosas». Luigini son todos los demás, los burócratas, los organizadores, los políticos, los mediadores y los mediócratas de todas las especies, que viven explotando el trabajo y la inteligencia de los Campesinos.
«La verdad —escribe de modo profético Levi— es que la forma misma de nuestros partidos es luigina, la técnica de la lucha política y la estructura misma de nuestro Estado son luigine». Italia —yo creo— nunca existió —excepto, tal vez, en esos pocos meses o en esos dos años de 1945 a 1947— hasta las elecciones de 1948 que marcaron el triunfo de los Luigini; en las cuales por un momento pareció posible que los Campesinos quitaran finamente de en medio a los Luigini. Dedico este premio a los Campesinos y no a los Luigini.

(Gracias, Diego)


sábado, 10 de febrero de 2018

Polvo de estrellas

por Daniel Link para Perfil


“Dejate de joder”, le dije a Cate la última vez que chateamos. “Lo que hacés en Thor Ragnarok es penoso”. No porque esté mal, ojo, sino porque nos obliga a ver una película trivial y bastante horrible en sus presupuestos que, sin su presencia, no habríamos visto. O sea: “Ponés tu talento al servicio del peor cine”.
Como me cortó (no sé si bloqueó mi contacto, no estoy dispuesto a averigüarlo), me obligo a reemplazar sus performances y la para mi necesaria cuota de placer que de ellas obtenías por otras.
Todo el mundo sabe que, así como soy de intransigente con los atentados a mi ética personal, que desdeña el cualquierismo, para mí la buena performance y el afecto deben darse la mano. De otro modo, me dejan frío.
Por fortuna, siempre hay un viejo amor que vuelve. Dos días después de haber terminado con Cate (ya volverá a darme placer, no me caben dudas), me pregunté: ¿qué habrá sido de Dakota?
La respuesta me llegó de la mano de dos películas y una serie: Pastoral americana (2016), Please Stand By (2017) y The Alienist (2018). A Dakota había dejado de hablarle (o ella había dejado de hablarme a mí, para ser más precisos), cuando comprometió su extraordinario talento actoral en la saga Crepúsculo. “¡Ay, no, mi amor! Ni por dinero podés caer tan bajo”. Ella, de inmediato, cambió de representante. William Morris Endeavor empezó a diseñarle la carrera que ella merecía, mientras su hermanita Elle Fanning parecía ocupar su puesto. Naturalmente, pronto se notó que Elle, más allá de su belleza juvenil, no tiene nada que ofrecer al mundo de la actuación.
En Pastoral americana, Dakota desempeña a una joven tartamuda, completamente enfrentada a sus padres-modelo (Ewan McGregor y Jennifer Connelly). Su personaje adhiere a las ideas más radicales y comienza a poner bombas con el secreto objetivo de minar la sociedad norteamericana de los años sesenta y su sistema de valores. Vive en la clandestinidad y, después de un episodio que le cambia la vida, adhiere a un credo oriental que le impide prácticamente comer y, desde luego, bañarse, para respetar a ultranza toda forma de vida.
Please Stand By es menos amarga. Allí Dakota da cuerpo a una joven autista obsesionada por escribir un guion para Startrek, y presentarlo a concurso en Universal Studio, lo que la obliga a escaparse (¡sola!) a Los Ángeles.
Las dos actuaciones rescatan lo mejor de Dakota, que puede combinar con naturalidad una restricción (el asma, el tartamudeo, el autismo) con una obsesión intelectual o afectiva y convencernos de que ese límite puede ser vivido, o mejor: que merece ser vivido.
Le escribo a Dakota un “¡Bravo!”. Ella se alegra y me contesta que espera que me guste la versión de La campana de cristal (la novela de Sylvia Plath) en la que actúa bajo la dirección de Kirsten Dunst. “La espero impaciente”.

jueves, 8 de febrero de 2018

Expertos alertan el cambio de doctrina tras el caso Chocobar

por Julián D'Imperio para Perfil

Abogados y especialistas del derecho penal criticaron duramente el cambio doctrinario al que hizo alusión la ministra Bullrich y argumentaron que el fallo del juez no respeta la ley de la legítima defensa.

El apoyo del presidente Mauricio Macri y la ministra de Seguridad Patricia Bullrich hacia Luis Chocobar, el policía que mató a un ladrón y fue procesado por exceso de légitima defensa, trajo un nuevo debate público con respecto al accionar del oficial y la carátula de la causa.
En primer lugar, las críticas de muchos abogados y expertos del Código Penal llegaron hacia el juez Enrique Gustavo Velázquez, quien hasta ahora entendió que la reacción del policía fue en un marco de una legítima defensa, aunque en exceso. Sin embargo, el video que se conoció hace pocos días que retrata cómo Chocobar disparó por la espalda al delincuente que intentaba fugarse enmarcaría una contradicción con lo que dice la propia ley de la legítima defensa.
Según explicaron a PERFIL fuentes especializadas, "ningún abogado, jurista, doctrinario o juez con orientación conservadora o progresista puede sostener que el accionar que todos vimos en el video cumple con los requisitos de la legítima defensa". Para ellos, se trató de un homicidio agravado. Y la diferencia es que las penas de dicho delito van de 8 a 25 años, mientras que el exceso de la legítima defensa va de un mes a 3 años.
En el artículo 34 inciso 6° del Código Penal, se enumeran los requisitos que deben darse para que cuadre la aplicación de la ley de la legítima defensa. Por un lado, determina que debe haber una agresión ilegítima, una necesidad racional en el empleado para impedirla o repelerla (esto refiere a la proporcionalidad de la defensa legitima, es decir, si atacan a golpes, no se puede defender con un arma de fuego), y una falta de provocación suficiente por parte del que se defiende (el mismo que provocó la agresión, luego no puedo escudarse en la legítima defensa para pretender no ser penado). Y a dichos requisitos se les agrega uno implícito, avalado por la doctrina, que es la inmediatez en la legítima defensa, es decir, el que obra en legítima defensa debe hacerlo en el momento en que sufre la agresión ilegítima.
Es por eso que para la Directora del Departamento de Derecho Penal y Criminología de la Facultad de Derecho de la UBA, Lucila Larrandart, y para Darío Kosovsky, del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales, el caso "no reúne el requisito de necesidad racional del medio empleado para impedir o repeler la agresión" ni el de la agresión actual o inminente. "El Código habla de una agresión que se está produciendo o que se está por producir, no que ya se produjo. Y eso tiene un fundamento filosófico, no es un capricho que un legislador puede cambiar", explicó Kosovsky.
La otra polémica que despertó el caso fue el apoyo del Gobierno y las declaraciones de Bullrich, que anticipó que el accionar de Chocobar va en sintonía con una "nueva doctrina" que van a plasmar en una reforma del Código Penal.
"Este caso ratifica una mirada que tiene nuestro gobierno: las fuerzas de seguridad no son las principales culpables en un enfrentamiento. Estamos cambiando la doctrina de la culpa de la Policía. Y estamos construyendo una nueva doctrina: el Estado es el que realiza las acciones para impedir el delito. Vamos a invertir la carga de la prueba. Hasta ahora, el policía que estaba en un enfrentamiento iba preso. Nosotros estamos cambiando la doctrina y hay jueces que no lo entienden. Lo vamos a cambiar en el Código Penal. Vamos a sacar la legítima defensa para los casos de policías", advirtió la ministra este martes.
Nuevamente, los expertos del tema coincidieron en sus críticas. "No hay ninguna doctrina que pueda interpretar distinto el código penal. No se puede dar libertad a un agente policial para matar. Esto puede desarrollar violencia en la sociedad. La pena de muerte en la Argentina no existe", precisó Larrandart.
Por su parte, Kosovsky argumentó: "La doctora Bullrich dice que ese es el accionar en todo el mundo y es una falacia absoluta. Ese es el proceder de un policía autoritario. Bajo ningún punto de vista esto significa que se avalen los hechos delictivos. Pero no se puede dividir a la sociedad en buenos y malos cambiando la doctrina de la policía. Es una simplificación. La comisión de delito es mucho más compleja. Lo plantean como si la única forma de resolver el problema es matando gente. La nueva doctrina policial entonces es antigua".
Además, consideraron que se trató de una "presión" del Poder Ejecutivo hacia el Poder Judicial porque "saben que no van a poder modificar el código penal, porque va contra la constitución y los tratados internacionales que Argentina ya ha firmado. Las restricciones a la defensa legítima no tienen que ver con el antojo de un legislador, tiene que ver con razonamientos filosóficos sobre cómo debe vivir la sociedad argentina". 
Por último, Kosovsky detalló cuál es la base fundamental de la ley de la legítima defensa, que es "detener una agresión", y que "en este caso ya se había producido".
"El monopolio de la violencia lo tiene el Estado, y la utilización de la violencia por parte de policías en ejercicio de su función únicamente tiene que hacerse de forma excepcional, porque al ser tan grande ese poder que delegamos como sociedad en un único ente que es el Estado, ese poder tiene que ejercerse de manera limitada y excepcional. Lo que buscamos es repudiar la violencia, evitarla, por eso se la cedemos sólo al Estado. Por eso no cualquier caso es legítima defensa, no queremos una sociedad a los tiros. Hayas cometido un delito o no. Justamente el sentido de la legítima defensa es que uno quiera hacer cesar una agresión. En este caso la agresión ya se había producido y ya se había cesado. El muchacho estaba corriendo sin un arma de fuego con la que pueda herir a alguien, en ningún momento mira para atrás, estaba en plena fuga. Dos disparos que ni siquiera fueron a la altura de las piernas para detenerlo no es una defensa legítima, es un homicidio", concluyó.


sábado, 3 de febrero de 2018

Poesía eres tú


Por Daniel Link para Perfil



A Rafael Ferro habrá que agradecerle mucho más que sus intervenciones actorales (en el teatro, el cine y, si acaso, la televisión). En la dedicatoria de En el país de la noche, el libro de versos de Edgardo Cozarinsky se lee “Este libro es de Rafael Ferro, porque me desafió a escribirlo”.

Borgeano, Cozarinsky aceptó el desafío (el convite) y nos regala ahora, a través de Ferro, ¡un libro de versos! (“Versificaciones”, las llama).

El libro llega exquisitamente compuesto y editado por Cecilia Nuin y Theo Contestin. Que no es un capricho casual producto del ennui propio de la época y la profesión del narrador lo demuestra el dibujo de tapa, que reproduce un tatuaje que Cozarinsky lleva en su muñeca.

En una “Carta a R.F.” que el libro versifica se lee algo del registro de la danza (macabra y eterna) que las formas están condenadas a bailar con el significado. La cita es de Annie Dillard pero Cozarinsky la hace suya: “macabra porque es del equilibrista/ que sabe que la cuerda es floja”.

Como un insospechado artista del equilibrio o artista del hambre que encuentra en la imposibilidad de comer o en la incapacidad de vivir en suelo sólido la condición de posibilidad de su arte, Cozarinsky (cineasta, cuentista, novelista) se arroja a las aguas heladas del cálculo silábico sencillamente para no detenerse e iluminar no tanto una zona más densa de su intimidad, sino una práctica que hasta ahora no había ejercitado.

El sedicente poeta escribe poemas. Más humilde, Cozarinsky se declara versificador y escribe versos. O mejor: rescata versos del archivo maldito del lector compulsivo (Funes el memorioso es su sombra) y los combina en elegantes estrofas que muchos poetas envidiarán (deberían envidiar) por la naturalidad con la que brillan en un cielo cargado no tanto de estrellas sino de luces led, esa pesadilla de un mundo que ha elegido no dormir, no soñar, no estremecerse ante la oscuridad sino eliminarla por completo del paisaje.

En el país de la noche, desde su mismo título, hace bailar las luces y las tinieblas no sólo en versos propios sino también en algunos impropios (“versiones” de Bishop, Pasolini, Ungaretti, Philip Larkin).

Todo en el libro de versos de Cozarinsky es una gran interrogación sobre la línea de sutura (o cicatriz) entre la vida, la escritura y, ahora, el canto.

Vaya este nuevo desafío: Cozarinsky, que no nos debe nada, ahora debería regalarnos un tango.



sábado, 27 de enero de 2018

Grupo de familia

Por Daniel Link para Perfil

Una amiga me pregunta desde Nueva York si estoy siguiendo el “caso Turpin”, el matrimonio que mantuvo en cautiverio inhumano a sus trece hijos. Le contesto que nunca entenderé la vida norteamericana y que lo que más me sorprende es la indiferencia de la familia extendida. La abuela y las tías de esos chicos hacía años que no tenían contacto con ellos y sólo veían alguna ocasional foto en las redes sociales.
“Mirá si tu mamá”, le digo a mi amiga, “va a no saber algo de tu hijo”. “No sé cómo hacer para que no me llame todos (subrayado) los días”, me contesta.
Casi al mismo tiempo, mi hija me manifiesta su preocupación por su asistente doméstica, que no le contestó un mensaje y había tenido problemas con uno de los padres de sus hijos. Le escribo al hijo mayor, a quien cada tanto le compro entradas para ver a River. Me dice que cree que está bien, aunque la noche anterior él durmió en casa de su novia. Le pido que me tenga al tanto. Me doy cuenta de que la red de contención excede, en nuestro caso, incluso los vínculos sanguíneos.
Yo no sé qué sabe mi familia extendida de mi vida, pero seguramente mucho más de lo que yo les digo. No me importa, porque entiendo la familia primaria pequeñoburguesa como una pesadilla que se nos impone, como bien demuestran los vástagos de los Turpin: una cárcel de la que no conviene huir para formar una nueva. Mejor es recuperar las relaciones extendidas, la parentela. Podrá resultar tedioso, pero al menos el clan es antiedípico, y menos putrefacto.




sábado, 20 de enero de 2018

Un hombre de conciencia


Un hombre de conciencia

por Daniel Link para Perfil

Patricia Walsh y yo sabíamos que, en algún momento, deberíamos explicar la página que, deliberadamente, incluimos en Ese hombre y otros papeles personales. Corresponde a una anotación que Rodolfo Walsh hace el domingo 19 de febrero de 1961, mecanografiada (aparentemente se trataba de tres folios, de los que falta el primero).
La semana pasada Guillermo Piro me mandó un correo electrónico alarmado, porque en Twitter se asociaban dos nombres de diferente categoría con abrumadora certeza: “Walsh, pedófilo”.
Me acordé inmediatamente de esa página que incorporamos al libro que recopila los restos de escritura que consiguieron salvarse del secuestro y el asesinato de Rodolfo Walsh.
El fragmento (destinado a ser literatura por un conjunto de marcas que así lo explicitan), se complementa con el cuento inconcluso, fechado el 6.3.65, “Adiós a La Habana”, también en el libro.
“Mi última noche en La Habana fue misteriosa. Me sobraban cincuenta pesos y me puse a pensar en Ziomara con su cintura tan fina y su rostro oscuro hierático”, escribe Walsh y .
cuenta haber concurrido al Music-Box, donde Ziomara no estaba. En su lugar, se pone a conversar con “Zoila Estrella”, una muchacha que “tenía 16 años y era muy bonita”. A ella no le gustaba ejercer la prostitución, pero su madre no podía darle cobijo porque trabajaba de criada. Sus seis hermanos tampoco le daban nada sino que, por el contrario le pedían. Walsh escribe: “Yo he leído estas cosas, pero igual era espantoso, y tenía muchas ganas de acostarme con ella”, con Soy la Estrella (así transcribe Walsh ese nombre inverosímil).
Ya en el hotel, Zoila confiesa que está embarazada. El narrador reflexiona: “Hay pensamientos de placer en la maldad, coger a una niña embarazada de 16 años, empujar hasta el fondo y sentirse un maldito, que se joda, jodámonos todos”.
Según el relato, naturalmente, no hay consumación del acto sexual, sino que el personaje “se cobra” los diez pesos que ha pagado “retándola, suavemente, como corresponde a un señor”. “Yo le daba consejos, tienes que ir a la Federación de Mujeres, tienen que atenderte, no puedes hacer más esto, te pones en peligro, comprometes al hombre que se acuesta contigo –eso no, dijo con orgullo–, y era un objeto de horror”.
“En la esquina le dije: «Si pudiera ayudarte, te ayudaría, pero no puedo darte más que un consejo, no hagas más esto»”. “«Usted es un hombre de conciencia», dijo, y me puso la mano en alguna parte del brazo y se fue, un objeto de horror”.
Lo que Walsh subraya en ese fragmento, que puede tener sustento biográfico o no, es precisamente el ser “un hombre de conciencia”. La frase se repite dos veces, sin mayor necesidad.
Lo que habría que discutir no es si Walsh fue un pedófilo (queda claro que, en este fragmento de escritura, que él no se acostó con la chica de 16 años embarazada sino que le indicó una salida diferente) sino si su conciencia del horror (es lo otro que se repite) era la adecuada para la circunstancia en la que el personaje se ve envuelto.
Me resulta difícil entender el odio y la ignorancia con la que ese texto ha sido manipulado para convertir a Walsh en algo que no fue. Basta con leer una sola página de su obra para entender lo que quiso decirnos.
Y sin embargo, las bestias, ciegas, escribieron “Rodolfo Walsh, asesino y pedófilo” en un monumento en La Plata en 2014 y, desde entonces la especie, falsa, malintencionada, psicótica, no ha cesado de multiplicarse sin que nadie lea la página que acabo de glosar.
En su papeles, Walsh cuenta varios encuentros con putas de La Habana, pero ninguno lo enfrenta a “un mundo que se cae” como éste que no se concreta, pese a los dictados del cuerpo, porque la conciencia manda.
Como editor de ese libro no esperaba algo semejante. Sí, por cierto, que se comprendiera que ese “hombre de conciencia” tuvo que convivir en Cuba con un cuerpo que le dictaba: “Me gustaría ir a Bahía y ser un negro. Trabajar con los negros y coger con las negras y aprender a cantar y a bailar”.
Que bufen los eunucos de la ultraderecha. Walsh, eso es un gran escritor, nos sigue interpelando. Eso sí: lean, che.



jueves, 18 de enero de 2018

Yo no tengo twitter, porque...


El texto original, editado por mí, dice:

 
19 de febrero, domingo.1

“Serio, eh. Tipo que se pone, pa-pa-pa y había que hacerle las cosas.”
“Él entró en la famosa compañía de Indias, usted sa­be, ésa que tiene miles de años”
(frases oídas en un ómnibus.)

*

De vuelta en la ciudad terrible, Montevideo 1009, ga­tos y goteras.2 Mi última noche en La Habana fue misteriosa. Me sobraban cincuenta pesos y me puse a pensar en Ziomara con su cintura tan fina y su rostro oscuro hierático. Su cuerpo era espléndido, largas piernas africanas y caderas hechas para moverse incansablemente, Solamente sus pechos eran algo blandos, las { }, los pechos blandos. No hay putas como las de La Habana, el último esplendor de un mundo que se cae. Casi todas son suaves y calladas y parecen comprender, son tristes pero saben sonreírse desde adentro. Por lo menos Ziomara sabía. Usan falsos nombres espléndidos, Ziomara, Estrella. (Pupé se ha senta­do frente a mí, a través de la redonda mesa de vidrio, y cose, casi impidiéndome escribir con su presencia; pero tengo que hacerlo, el mundo en cierto modo es duro, yo lo sé.)
Fui al Music-Box y no la encontré, como no la había encontrado las tres veces anteriores, cuando tuve que salir con María y con Reina. Al salir, una discutía con un borracho, pero su voz me alcanzó cuando me iba, ven acá, por qué te vas. Le pregunté por Ziomara, dijo que tal vez estaba al lado. No estaba. Al volver, el borracho se había ido pero ella estaba y la invité a tomar un tra­go. Se llamaba Estrella, Zoila Estrella aclaró ante mis du­das. Tenía 16 años y era muy bonita. Pidió un vermú. Estaba resfriada, dijo que era una sinusitis y tenía que operarse pero no lo haría, porque tenía miedo a las ope­raciones, y además tomaba no sé qué cosa. (“Yo cosien­do y mi esposo trabajando”, dice Pupé a alguien que la lla­ma por teléfono. “Randolfo está en sus asuntitos”. Es Rogelio, quieren saber si voy a trabajar en Usted o en Che.) A mí esto no me gusta, dijo, pero tengo que hacerlo, porque si no tendría que vivir con mi madre, y no puedo por­que ella trabaja de criada. “¿Y tus hermanos?” Ellos no me dan nada, me piden. Tenía seis hermanos. Yo he leí­do estas cosas, pero igual era espantoso, y tenía muchas ganas de acostarme con ella. “El Miusic [sic] ya no es lo mismo, desde que lo reformaron”, dijo. “Estuve en el Apache y después volví aquí, pero no es lo mismo”. En efecto, no era lo mismo. Había olor a pis –lo noté por primera vez– y sólo dos o tres mujeres más, una de ellas borracha. “Qué nota3 tiene”, dijo Estrella, y se reía con Sergio. Le pregunté si quería salir conmigo y dijo “Si usted quiere”, dijo. “Tengo que pagar la salida”. Le di diez pesos. “Sergio, mi cartera.” Sergio le cuchicheó al­go al oído. No reparé en las miradas porque siempre era igual, uno salía y los demás se daban vuelta para mirar. Me quité los anteojos como siempre, tuve las mismas ideas de siempre –por ejemplo que mi calva era incon­fundible. (“Esta ciudad paró de crecer cuando se dio cuenta de donde estaba, se paró de horror; este clima, esta ciudad endemoniada; no como París, que se paró en el XVII, de autocomplacencia. Yo creo que ésta es la ciudad más peligrosa, porque está poblada de demonios Buenos Aires.” Pupé se ve como Colette, pero sola, no por­que sea solitaria, sino porque se quedó sola; entretanto acumula experiencia, se goza –dice–, en la vida de la pareja.) Pero qué importaba mi calva, yo me iba. Una vez me había visto Jardines y no me había delatado. ¿Torvamen­te puro, Jardines? (“Vos no sabés el placer con que la gente te escucha”, dice Pupé. No, no sé. Según Elina, todos me odian, me ponen en tela de juicio. Según Benicio, todos me quieren. “Uhh, Walsh”, hace un gesto hacia arriba con la mano, “la altura del respeto”.)
Soy la Estrella dijo que ella prefería el Ariete, no el Rex, usted sabe, una se acostumbra. El sereno soñolien­to cobró los dos quince, por un rato. Entonces estába­mos en la pieza, qué linda cara. Por favor, no me aprie­te la cintura, estoy de siete meses.4
Yo no me había fijado en el saco de cuero con que se tapaba. Le dije, pobrecita, eres valiente, pero debo ha­ber cambiado de cara. Tenía el vientre abultado. Hay pensamientos de placer en la maldad, coger a una niña embarazada de 16 años, empujar hasta el fondo y sen­tirse un maldito, que se joda, jodámonos todos. Pero “usted es un hombre de conciencia”, me dijo bastante más tarde cuando ya estábamos en la calle.
Cerraba los ojos y no esperaba nada. Creo que yo hu­biera podido, al principio. Hasta que la acaricié entre las piernas (ella me tocaba suavemente el cuello, rítmicamente, con los ojos cerrados) y sentí esa humedad, ese horror, y las asociaciones, el chico que se movía y pa­teaba en el vientre de Elina, qué hay detrás. Entonces el pito, perdón, se me encogió como un pequeño telescopio y quedó a un costado blandito y sin vida. Pero después nuevamente hubiera5 podido, porque ella olía bien, y tenía un perfil tan nítido y puro del hombro, y unos de­dos tan suaves, y la cara dormida, pero no decía nada, no decía dame la lechita ay papi ay dámela, como decía Carmita en cuatro patas sobre mí, con ese animal exta­siamiento. (Sí, yo sé, pero después corrijo.) Y le dije: ¿Estás segura que no te hará mal? Y me dijo: No, no es­toy segura, y ahí se acabó todo. Me cobré6 los diez pe­sos retándola, suavemente, como corresponde a un se­ñor. Le dije que se podían morir, ella y el chico. Pero, dijo, tengo que comprarle una canastilla. Nos vestimos tan rápidamente, yo le daba consejos, tienes que ir a la Federación de Mujeres, tienen que atenderte, no puedes hacer más esto, te pones en peligro, comprometes al hombre que se acuesta contigo –eso no, dijo con orgu­llo–, y era un objeto de horror.
En la esquina le dije: “Si pudiera ayudarte, te ayuda­ría, pero no puedo darte más que un consejo, no hagas más esto”.
“Usted es un hombre de conciencia”, dijo, y me puso la mano en alguna parte del brazo y se fue, un objeto de horror.
Después fui a la ruleta, y por primera vez gané vein­te pesos –con lo que recuperé el dinero gastado en esa última, misteriosa noche en La Habana– y se los rega­lé a Pupé, mi esposa (¿“Flores para su esposa”?) para que se comprara un prendedor.
Otro día hablaré más de esto.

1 Se trata de un original mecanografiado, aparentemente de tres fo­lios (por la numeración), de los que falta el primero. La fecha (1961) y los números de página están manuscritos. La hoja 2, sin embargo, dice 2 a máquina.
2 En el margen, como término de una flecha, manuscrito: “Adiós a L. H. como símbolo”. Ver, más adelante, la reconstrucción de este re­lato.
3 “nota”: borrachera.
4 Esta última frase, escrita en rojo; “usted es un hombre de concien­cia”, más abajo, subrayado del mismo color.
5 Tachado: “querido”.
6 Subrayado manuscrito del autor. En el margen, signo de pregunta “¿”.


sábado, 13 de enero de 2018

La página blanca

Por Daniel Link para Perfil

Nunca supe bien qué entender como “vacaciones”, porque mi trabajo es bastante fluido en cantidades y se distribuye parejamente, sin distinción de estaciones. Ahora mismo, cuando se supone que debería estar disfrutando de un merecido descanso, sé que tengo que preparar las clases que tendré que dar este año, decidir a qué congresos asistiré y a cuáles no, involucrarme o no en proyectos editoriales que, por más interesantes que sean, tal vez me quemen la cabeza cuando llegue el momento de llevarlos a cabo. Además, mis emplazamientos laborales me impiden considerar ciertas actividades asociadas con el relax veraniego como tales: leer, para mí, es un trabajo, que disfruto mucho, pero trabajo al fin.
¿Qué serían unas buenas vacaciones? ¿Un corte radical con la vida cotidiana tal como la sobrellevamos el resto del año? Una empresa semejante implicaría abandonar todos mis hábitos (los buenos y los malos) e irme solo a alguna parte (a la vuelta de la esquina, aunque fuera). Pero soy gregario y necesito de la manada. ¿Experimentar cosas nuevas? En algún viaje he visto cómo las personas se entregan a actividades insensatas como el snorkeling, que yo detesto. Siempre prefiero, en vez de intentar hacer algo para lo cual no tengo ninguna disposición y ningún afecto, quedarme en el barco, charlando con la tripulación, para quienes el snorkeling es un trabajo.
A lo mejor a mucha gente le pasa lo mismo y no encuentra la manera de salirse de si durante una semana o dos, para ver qué pasa: olvidar los titulares de los diarios, las obligaciones cotidianas, los afectos más sólidos, las expectativas de los demás.
Había una obra de teatro y película que se llamaba La fiaca: nos alertaba sobre el peligro de no poder salir de estado de atonía existencial. Tal vez por eso no vacaciono del todo: me da miedo no poder volver. No, me da miedo saber que a nadie le importaría demasiado mi defección.



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viernes, 12 de enero de 2018

Tus zonas erróneas


por Daniel Link para Soy



Hay conceptos aberrantes, tanto por la relación sintáctica que establecen con otros conceptos, como por lo que presuponen a propósito del mundo: por lo general, cualquier entidad sustantiva seguida del calificativo “gay” debería someterse a interrogación, en el peor de los casos, o a huida hacia otra parte, en el mejor de ellos.



Zona gay Las zonas urbanas definidas como gay o “barrio gay” (se trate del barrio de Chueca de Madrid, el Castro en San Francisco, Boystown en Chicago, el Marais de París) presuponen una densidad mayor de integrantes de la comunidad LGTBQ+, lo que a la larga desarrolla una infraestructura pensada en relación con los consumos específicos que quienes la integran tienden a sostener: peluquerías, tiendas de mascotas, ropa de exquisita factura (y precios reducidos), suplementos dietéticos, restaurantes veganos, proveedores de drogas de diseño, etc.

Entendido como un mercadillo de vanidades o de complementos identitarios, el barrio gay constituye, para el turista apurado, un faro que lo orientará durante los dos o tres días de los que disponga. Más allá de ese lapso, el barrio revelará su monotonía y sus manías pero al menos tiene esa función específica que no se le puede negar. Hay aberraciones mayores.



Playa gay El concepto “playa gay” es el más aberrante de todos porque ningún espacio público debería aceptar menos que todas las combinaciones posibles. Además, si una playa se puede identificar como “gay”, habrá otra que podría identificarse como “straight” y, llegado el caso, sancionar comportamientos que no respondan a las características de la amanezada y amenazante comunidad heterosexual.

La playa, ese espacio liminar abierto a la nada de las mareas cambiantes gobernadas por la luz neutral de la luna, no puede ser otra cosa que el abandono de toda pretensión. En las playas nudistas (así definidas sencillamente por una regla vestimentaria) o naturistas (que supone una comunión vinculante con el paisaje) suelen confundirse los límites entre lo gay y lo straight porque la loca estará siempre deseosa de desviar su vista del horizonte hacia un pedazo de carne oscilante, pero eso no determina absolutamente nada, ni sobre las identidades ni sobre los deseos, de modo que es mejor abandonar todo veredicto antes de ser víctima de ellos. O, incluso mejor: acechar entre los arbustos que, hasta donde se sabe, todavía no han recibido el ofensivo calificativo de “bosquecito gay”.



Resort gay La montaña mágica de Thomas Mann es el modelo de la sociabilidad en espacios cerrados. En el caso de los hoteles, los resorts o los cruceros gays, esos espacios se convierten directamente en concentracionarios. La loca quiere encender su grindr y evaluar la mercadería cárnica a su alcance. Como por lo general el hotel o resort gay es el que llegó último a la repartija de tierras hoteleras, suele estar en espacios alejados de los centros vacacionales (se trate de Ibiza o la costa del Algarve portugués). Lo que la loca comprobará es que su grindr le muestra las mismas caras que tiene a su alrededor, sobre las que ya ha decidido que no merecen ni el saludo. Lo que queda es, pues, la desesperación o el contra-turno: hacer todo en los horarios diferentes al resto de los atrapados en ese falso espacio de relajamiento y relajo: comer en otra parte, ir a la pileta a otro horario, irse del bar cuando los demás llegan. Mi marido y yo hemos caído en esa trampa un par de veces (en Puerto Vallarta, en Ibiza) y nos hemos prometido que nunca más repetiremos. Demasiado cansador para quienes, como quería Oscar Wilde, sólo quieren pertenecer a un club que no los admitiría como miembros.

Se nos disculpará si alguna vez faltamos a esa íntima promesa: es que la loca, en el fondo, vive de ilusiones y le parece que en alguna parte, alguna vez, encontrará su sanatorio o su república de Saló, y que lo estarán esperando con una sonrisa y no con el posnet para cobrarle cada gesto amigable que le brinden.

Ni la playa gay, ni el resort gay ni el barrio gay pueden entenderse como verdaderos espacios de circulación del deseo. Lo único que allí circula es una sociabilidad provinciana (Chihuaha) y un poco culpable, que sólo se anima a la plena exposición en ambientes protocolarizados.

Imaginen ahora una ciudad, en cuyo(s) barrio(s) gay las discotecas y bares gay dedican un fin de semana completo a despedir a quienes, el domingo por la noche, se embarcarán en un crucero (gay) que marca el fin del verano. ¿Puede haber ecología más horrorosa?

El mundo es otra cosa, y hay que ganárselo con cada gesto y cada capricho. Al terror de las sociedades capitalistas se le debe oponer el amor que no osa decir su nombre. Lo innombrable y los espacios sin predicado: a eso y sólo a eso deberíamos aspirar.



Cultura gay Por supuesto, la cultura gay, como megaespacio que incluye esos espacios, también participa del error conceptual y se construye con retazos no siempre interesantes de otras culturas: el culto de la juventud, la feminización o masculinización de los comportamientos (según las épocas: hoy se impone el “cero plumas” pero, al mismo tiempo, las drag queens causan furor), la tendencia a la descalificación del desemejante, la insostenible erotomanía (no hay persona que no se evalúe, en un primer término, como un garche potencial y que no sea condenada, consecuentemente al galpón del “lo odio porque me desea”). Justo es decir que la cultura gay se asienta en una alta cuota de desesperación y que, históricamente, ha conseguido incluso sostener momentos de heroísmo y combatividad sin los cuales nuestro presente sería mucho peor. Sea.

Pero muchas veces lo que hoy consideramos “cultura gay” es una mezcla indigesta e industrialmente producida de malosentendidos, algunos predicados arrojados como injurias sobre las cabezas de los disidentes de la heteronormatividad y otros asumidos con algarabía como nombres propios mal organizados en un espacio precario, saturado de apelaciones al reconocimiento y atravesado por algunas líneas de fuga.



El gay saber El saber gay bien entendido es otra cosa que la sumisión a patrones de conducta impuestos por una industria cultural más (pero, incluso, más perversa que ninguna). Por ejemplo, la loca visita el santuario de Fátima, y allí descubre que se venden almohadillas para atarse a las rodillas. Compra cuatro (porque tiene dos piernas, y sabe que gastará las almohadillas mucho más que cualquier piadosa señora portuguesa). Esa refuncionalización de un objeto (o de un espacio, o de un vínculo: por ejemplo, el matrimonial) es lo más característico del gay saber, que sabe encontrar en cualquier cosa un instrumento para el goce o, sin llegar a tanto, el placer atemperado.

Los espacios refuncionalizados son, propiamente, espacios otros: lugares que no son utópicos, porque están allí al alcance de la mano y que se prestan para usos aberrantes en relación con lo que la cultura ha previsto. Verse en un espacio otro es desconocer un poco lo que de uno se supone y se pretende.

Allí puede haber desvío, pero no error en el sentido antes enunciado, porque no hay verdad en el uso de las cosas sino eficacia. Lo gay, si conviniera sostener tal entidad predicativa, es del orden y el registro de lo intermitente: sucedió en el momento en que se obtuvo una cierta felicidad y adquirió los predicados de ese momento singular, un poco irrepetible. No es seguro que alguien pudiera replicar una experiencia tan evanescente. Es el planteo central de ese otro texto de Thomas Mann, La muerte en Venecia, que Visconti entendió perfectamente: nada más gay que una ciudad sitiada por la peste.

Contra la comodidad y la falsa sensación de seguridad de una zona gay (barrio, resort, crucero, playa) los espacios otros ofrecen el riesgo y la excitación de lo desconocido o de lo que puede cambiar para siempre nuestra propia percepción del mundo.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Libros del amor


Por Daniel Link para Ñ

Elijo tres libros de los que aparecieron en 2017: A tontas y a locas, la reedición del clásico de María Moreno que publicó 17g, El extraordinario Citas de lectura de Sylvia Molloy (Ampersand) y un libro mayor de la historiografía americana de los últimos años: Cuando amar era pecado, la meditada y amorosa tesis de Fernanda Molina, con quien comparto su impertinente curiosidad por el modo en que ciertas subjetividades sobreviven, como pasos de vida, en el archivo colonial.
Más allá de los documentos, en sus bordes, en los presupuestos que se deducen de los enunciados teológicos y judiciales, Fernanda Molina encuentra una chispa de vida, algo que escapa y se resiste (porque bien sabemos que donde hay poder hay resistencia) a los dispositivos de normalización y las fantasías de exterminio.
En Cuando el amor era pecado, Fernanda parte (cómo no) de las caracterizaciones teológicas de los placeres venéreos y las lujurias, en particular la sodomía, que nosotros nos atrevemos a experimentar con inocencia sin saber que la hubo perfecta o imperfecta. La perfecta, nos enseña Fernanda, fue para algunos teóricos la que implica derramamiento extraordinario de polución en el vaso trasero, por lo general “adoptando posiciones bestiales” (p. 40).
Los cinco capítulos del libro de Fernanda brindan impecables desarrollos sobre lo que prometen: Sodomía, Justicia, Poder, Religión e Identidad. El primero es el más sexy por el léxico convocado y lo que nos obliga a imaginar. El último es más delicado, el más hermoso.
Si todo comenzaba con una exposición de un presunto “orden natural” de las cosas, las personas y las relaciones entre ellas, como condición necesaria de un “orden universal”, luego de haber presentado el cuerpo manufacturado (a través de sentencias y resoluciones) como negación del cuerpo natural, como apertura hacia el cuerpo "historizado", abierto hacia las sucesivas capas de Tiempo que lo constituyen, la pregunta implícita en el debate teológico sobre el “orden natural” (“cómo y para qué reproducirse”) se transforma en otra: “¿Cuándo nace un cuerpo?”. Para saberlo, hay que examinar sus marcas y la manera de hacerlo es recurriendo al archivo.
En “Identidad”, Fernanda se aparta un poco del rigor teológico y legislativo. Descubre en los documentos que, además de los asuntos nefandos, había besos, abrazos y palabras de amor que muchas veces pudieron invocarse como atenuantes del horror. “Peligrosamente amancebados” (pág. 147),llos sodomitas coloniales aparecen como algo más que desordenados sexuales: constituyen individuos que se empecinaron en descubrir, por la vía del vaso trasero, un modus vivendi que lo convertía en “sujetos particulares” (en un más allá de los universales tomistas), una comunidad imposible que se empecina en transmitir un “saber sodómitico” entre generaciones, en construir redes como manera de vincularse solidariamente en un medio hostil.
Fernanda elige leer en esos fragmentos de discurso el reverso de las fantasías de exterminio: el amor como táctica de resistencia y como desestructurante de las relaciones sociales. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

¡Maten a Laura Dern!


Ampliaremos en otro momento, pero hay que decirlo ya:
La guerra de las galaxias: el último jedi,
es una mierda de una dimensión desconocida hasta ahora.

sábado, 16 de diciembre de 2017

La vida entera

Por Daniel Link para Perfil

Mañana vamos a ver Star Wars: El último Jedi. Es un plan familiar de toda la vida. Con mis hijos hemos visto cada estreno de la saga (los últimos, con mi marido). Para El despertar de la fuerza había amenazado a mi entonces futuro yerno con no asistir a su boda si no nos acompañaba. Lo hizo a regañadientes. Este año encontró la excusa perfecta: para que mi hija pueda asistir, él se quedará cuidando a mi nieta. Sea. Lo reemplazamos con un joven doctor cuya tesis yo dirigí y que, por eso, no se atrevió a rechazar la invitación.
Dentro de dos años cuando, creo recordar, Disney inaugurará el parque temático al que yo ya prometí que iríamos, mi yerno seguramente dirá que mi nieta es todavía demasiado chica. Pero yo no sé si podré esperar cinco años, que es lo que tardará su adhesión al credo.
Ya estuve revisando la reseñas del estreno aen Los Ángeles: “Abrumadoramente buenas”, tituló su reseña Julie Muncy sobre las primeras impresiones. La mayoría de los que la vieron subrayan el costado “emotivo”, lo que me da un poco de miedo. En el contexto Star Wars, la profundidad dramática puede ser un baldazo de agua fría.
Para mí, El despertar de la fuerza estuvo bien, pero hasta ahí (a mis hijos le gustó más), de modo que necesito recuperar un poco de la energía mística que me permitirá sobreponerme a la navidad, esa desdicha obligatoria.
Muchos amigos, además de mi yerno, censuran mi adhesión acrítica al universo Star Wars, pero hay gente que cree en el Papado o en Cambiemos, y yo no digo nada.

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sábado, 9 de diciembre de 2017

La vulgaridad


Por Daniel Link para Perfil

En un antiguo libelo (¿Se puede pensar la política?), Alain Badiou había propuesto una serie de juegos de lenguaje a partir de las premisas: “la derecha miente”, “la izquierda dice la verdad”. Lo primero queda demostrado por la prepotencia de los actuales gestores de políticas públicas en Argentina.
En los últimos dos años los indicadores correspondientes a las políticas monetaria, cambiaria y financiera han despertado la atención de los más reaccionarios economistas, que reconocen en lo que se está haciendo una variante de lo que ellos hicieron en su momento, para hundir al país en una crisis de la que todavía no hemos conseguido salir del todo. Endeudamiento, atraso cambiario, bicicleta financiera y burbuja hipotecaria (las cuotas de los hipotecados aumentarán a partir de este mes un diez por ciento, y nadie sabe si ese salto no será el primero de una serie que Europa conoció en 2008 y que puso en crisis el sistema bancario internacional).
La política tarifaria y las políticas sobre salarios y jubilaciones son indicadores suficientes para saber si una gestión se ha comprometido verdaderamente con los “Objetivos de desarrollo sostenible” propuestos por la ONU en septiembre de 2015 o si adhiere a ellos retóricamente.
En los últimos dos años, el poder adquisitivo de la población en Argentina ha disminuido, tanto por los desorbitados aumentos de tarifas públicas como por la licuación de los aumentos conseguidos en paritarias a través de la inflación. Con eso alcanza para determinar si un gobierno miente o no en la adhesión al “Fin de la pobreza”, el “Hambre cero” y la “Educación de calidad” (ONU).
En los últimas semanas, dos proyectos suman todavía un predicado más al gobierno nacional y municipal (ciudad de Buenos Aires): la reforma pedagógica llamada “Escuelas del Futuro”, propuesta por el Ministerio de Educación de la Nación y la intervención y clausura de los 29 Institutos Formación Docente de la Ciudad de Buenos Aires (con la excusa de formar una Universidad Pedagógica) son de una vulgaridad que provoca arcadas.
Los expertos en educación han objetado el proyecto “Escuelas del Futuro” con argumentos intachables (prescinde de un diagnostico integral de la situacion educativa actual, carece de perspectiva historica y promueve una vision de progreso acritica, no elabora un planteo solido desde sus fundamentos pedagogico-didacticos ni epistemologicos; no ha sido discutida con los diferentes actores educativos: docentes, equipos directivos, familias, investigadores e investigadoras; asigna un lugar secundario a los conocimientos disciplinares, etc.).
Me detengo en la última característica, congruente con la disolución de los Institutos Superiores de Formación Docente de la Ciudad de Buenos Aires: el lugar secundario asignado a los conocimientos disciplinares, que el proyecto “Escuelas del Futuro” licúa en áreas mal diseñadas (Lengua y Literatura, por ejemplo, ocupará la misma que Educación Física), todas ellas al servicio del eje central de la reforma: la digitalización de los aprendizajes y la apuesta a la ingeniería robótica como clave de... ¿desarrollo?
En la misma dirección, la disolución de los Profesorados liquida de un plumazo la formación de expertos en lectura y escritura, una de las características de las instituciones centenarias que ahora se pretende hacer desaparecer sin aviso previo y sin discusión.
Ambos proyectos no sólo están preñados de mentiras de derecha sino también de vulgaridad: ¿hay que recordar a los reformadores que el mayor lingüista del siglo XX, Noam Chomsky, realizó su carrera y sus mayores aportes a la disciplina desde el M.I.T. (Instituto Tecnológico de Massachusetts), precisamente porque las autoridades de esa universidad sabían que no se puede desarrollar inteligencia artificial sin investigaciones de punta en el área del lenguaje?
Si quieren robots, primero necesitamos lingüistas y filólogos. Los mejores de ellos se formaron en el Profesorado “Joaquín V. González”, por ejemplo.
Que la derecha miente es sabido desde la Revolución Francesa. La vulgaridad de la que está dando muestras entre nosotros es, sin embargo, la revelación del siglo XXI.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Lo dado


Por Daniel Link para Perfil

Es difícil encontrar un espectáculo teatral bueno que Rafael Spregelburd no haya ya recomendado en estas páginas. Pero nadie es infalible y hay que aprovechar la circunstancia.
El el Galpón de Guevara puede verse Los huesos, producción coreográfica de Leticia Mazur que ya se había visto en el CC Recoleta en el marco del FIBA.
El poeta Fogwill llamó “lo dado” a los dados. En nuestra cultura se los conoce también como los huesos. En esa línea, entendí el título de la pieza como una tirada de dados (que, como sabemos desde Mallarmé, jamás abolirá el azar). Pero también una meditación sobre eso que nos viene dado: el cuerpo desnudo.
Un poco por eso, cada tirada de dados propone una combinación diferente para los cinco cuerpos desnudos que Leticia Mazur coreografía con exquisitez: dos mujeres (María Kuhmichel, Ana D´orta), dos hombres (Lucas Cánepa, Gianluca Zonzini) y una mujer trans (Valeria Licciardi). La luz juega un papel fundamental. Un reflector central, montado sobre una jirafa móvil que los mismos performers mueven en turno, a veces hace el día y a veces la noche (Matías Sendón diseñó esos momentos lumínicos, y sus transiciones).
Los cuerpos desempeñan todos los gestos posibles: los del trabajo, los de los rituales, los de la angustia, los del juego y los de la conversación silenciosa, según la música que Patricio Lisandro Ortiz pensó con sabiduría.
¿Cuántas combinaciones posibles podrían pensarse para esos cinco cuerpos marcados genéricamente (conviene subrayarlo: no hay lubricidad en el espectáculo)? Infinitas, teniendo en cuenta todas las circunstancias de la vida. Los huesos intenta acercarse a ese límite por medio de una magia teatral que, en sólo una hora, despierta en nosotros un ansia de absoluto que no sabíamos que nos habitaba. La magia de los cuerpos vestidos de gracia (es decir: desnudos como debieron estarlo en el Paraíso, ese mito fundante de nuestra vergüenza).