martes, 17 de enero de 2017

¡¡¡Síganme, no los voy a defraudar!!!


“«A ese Link no lo puedo seguir», dijo Macri al ser consultado al respecto".


domingo, 15 de enero de 2017

Una obra, una vida


por Daniel Link para Radar

Ricardo Piglia, cuya desaparición lamentamos en estos días, publicó en 1967 un libro de relatos, La Invasión que se reeditó recién en 2006. A la edición original, Piglia agregó dos relatos inéditos de 1969 y 1970, que no habían sido recopilados en libro y tres relatos aparecidos sólo en revistas: “Desagravio” (1963), “En noviembre” (1965) y “El pianista” (1968).
Además de ambientes que Piglia no necesariamente visitará de nuevo (un asilo de ancianos, el mundo del boxeo, una cárcel) y de una rigurosa investigación de las formas narrativas breves, La Invasión presenta a Emilio Renzi, quien será el alter ego definitivo del autor. Pero un alter ego que no sólo se limita a la ficción. Los diarios de la vida entera de Ricardo Piglia, se publicarán como diarios de Renzi y algunas notas que aparecerán en Punto de Vista también llevarán la firma de Renzi.
En “Un pez en el hielo”, Renzi interroga el suicidio de Cesare Pavese a partir de la lectura de su Diario, como “un crimen que era preciso descifrar”. Pavese escribe la última página de su Diario pero espera una semana para matarse. “Se suicidó recién el sábado 26 de agosto. Renzi estaba conmovido con esos días finales. Pavese solo en la ciudad vacía [...] Vivió ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo”.
Nombre falso (1975) recopila una serie de textos a caballo entre la ficción y el ensayo en los que aparecen prácticamente todas las líneas y tensiones que caracterizarán la obra de Piglia, pero es su novela Respiración artificial (1980), protagonizada por Emilio Renzi, la novela que muchos críticos leyeron como el texto clave de aquel período. No en vano la novela comienza con una interrogación: “¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta”. Y esa interrogación sobre la historia comenzará a ser obsesiva a partir de esos años, al mismo tiempo que la literatura oscila entre las alegorías y las sátiras políticas (especialmente el caso de Osvaldo Soriano: Triste, solitario y final, 1973; No habrá mas penas ni olvido, 1983; Cuarteles de invierno, 1983) y textos que renuncian al proyecto de reproducir la realidad para proponer sentidos incompletos y fragmentados.
Ligado con las vanguardias de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, Piglia supo enfrentar el problema de la legibilidad (es decir, del público) en un mundo cada vez más desconfiado del realismo transparente. Así como saluda las novelas de Puig, en 1974 prologa El frasquito.
La frase que abre Plata quemada (1997), “Esta novela cuenta una historia real”, estaba ya implícita en La invasión, pero aquí Piglia trabaja deliberadamente en relación con un neopopulismo de mercado, cuyos alcances le interesa investigar porque, como dijo en una entrevista para Radarlibros (Buenos Aires: domingo 19 de diciembre de 1999), “Es probable que Plata quemada pueda leerse como una experiencia de populismo literario, con la condición de que se entienda populismo como una de las grandes corrientes de la literatura argentina. El cruce entre populismo y vanguardia ha producido textos de los mejores: desde el Martín Fierro o el mismo Borges hasta Zelarayán y Osvaldo Lamborghini”.
Piglia se había interesado legítimamente (y sabiendo los riesgos que corría) en el populismo estético porque “en esas literaturas se ve la construcción de una lengua que se opone a la literatura decorosa, de buenas maneras, con un estilo medio”,
Toda la obra de Ricardo Piglia se sostiene en ese borde donde dos culturas se chocan, desde los cuentos de Nombre falso hasta Formas breves (1999) o El último lector (2005), pasando por su obra más famosa (y más representativa de una época), Respiración artificial o La ciudad ausente (1992): una articulación problemática entre crítica y ficción.
En Formas breves se lee: "La cultura de masas (o mejor sería decir la política de masas) ha sido vista con toda claridad por Borges como una máquina de producir recuerdos falsos y experiencias impersonales. Todos sienten lo mismo y recuerdan lo mismo y lo que sienten y recuerdan no es lo que han vivido". Ese pasaje puede leerse en la estela benjaminiana, tal como Piglia la entendía: “lejos de adoptar una posición valorativa respecto de la cultura de masas, Benjamin hizo convivir ambas opciones".
El la obra de Piglia, que ahora no comienza a cerrarse sino que, por el contrario, comienza a abrirse a nuevos modos de lectura, las opciones de la cultura de masas (el populismo de mercado) y el vanguardismo literario conviven problemáticamente no para producir una síntesis conciliadora sino para producir una chispa que encienda el fuego de una vida: la de Emilio Renzi, la nuestra, la de todos y cualquiera.

sábado, 14 de enero de 2017

El diablo metió la cola


Por Daniel Link para Perfil

Después de escuchar el discurso de Meryl Streep, mira una y otra vez el video de Donald Trump imitando a un entrevistador adverso y piensa que el presidente electo tiene razón: la máxima autoridad política del mundo no se está burlando de un discapacitado. Aunque el periodista no hubiera sido discapacitado, él lo hubiera mimado del mismo modo. Por ejemplo, si hubiera sido homosexual, si hablara mal el inglés o si fuera una mujer o se identificara con una minoría racial (el republicano hispano Ted Cruz fue objeto de la misma burla).
La astucia de Meryl Streep consistió en encontrar el momento justo en que la relación de poder se revela en toda su violencia. El poder es un tipo específico de relaciones de fuerzas que han sido institucionalizado, cristalizado e inmovilizado para beneficio de algunos y perjuicio de otros. Donald Trump podría haber sido más políticamente correcto, pero de todos modos la relación de poder en la que se coloca implica el perjuicio de muchos “otros”, tantos que, precisamente por eso mismo, encontrar el momento justo en que la relación de poder se vuelve intolerable es casi como buscar una aguja en un pajar.
Hay que ser perspicaz, hay que ser capaz de ver lo evidente (Viola Davis subrayó esa capacidad de Meryl Streep) para desbaratar una relación de poder o, al menos, denunciarla en toda su iniquidad. El momento elegido es paradigmático porque es incontestable: usted está burlándose de una persona ejerciendo una violencia que aniquila al otro como tal (sea éste un discapacitado, una mujer, una minoría racial, un disidente sexual o un migrante: outsiders, dijo Meryl Streep, lo que se llama queer); usted es hablado por “ese instinto para humillar que le da permiso a otras personas a hacer lo mismo. La falta de respeto invita a la falta de respeto, la violencia invita a la violencia”.
Pero el discurso mismo de Meryl Streep dice otra cosa. No dice sólo que el ejercicio violento del poder invita a la violencia social (lo que es cierto y, a esta altura del partido, probablemente inevitable). Dice, además, que donde hay poder hay resistencia y que la resistencia llama a la solidaridad.
Por supuesto, ni Hollywood es la sede de la revolución ni Meryl Streep es Rosa Luxemburgo, pero como lo que adviene tiene la forma de una guerra civil difusa, sus palabras se leyeron estratégicamente como la marcación una línea divisoria y una demanda de solidaridad.
Trump se sintió obligado a contestar, y las palabras que usó, una vez más, subrayaron lo evidente: en su twitter puso a la actriz en el lugar de “Hillary flunky”, una relación de servidumbre y desigualdad (“lacayo”) que constituye la base de su imaginación de las relaciones sociales y políticas. A Hillary Clinton nunca la llamó lacaya de Wall Street (en todo caso “crooked”, torcida, deshonesta) porque ambos forman parte del mismo círculo.
De todos modos, al responder a un lacayo, el lugar de soberanía desde el cual se mima burlonamente cualquier comportamiento que se aparte de la imaginación regia queda minado, como si se tratara de un lugar ocupado por el muñeco de un ventrílocuo cuya gracia está en decir precisamente aquello que el ventrílocuo nunca diría.
¿Por qué contestarle a Meryl Streep? ¿Por qué incitar a quienes no hubieron visto su show de ventriloquía a hacerlo y a compartir con Maryl Streep la sensación de corazón deshecho y congelado? ¿Sobrevalorada, Meryl Streep? ¿Acaso no interpeló al poder y lo obligó a contestarle? ¿Y acaso el poder no le contestó en términos tales que subrayó la línea divisoria?: Ustedes, los lacayos, están allí para que podamos insultarlos y burlarnos de ustedes, ¿qué les resulta escandaloso en esa relación de poder en la que están involucrados?
Lo que subrayó Meryl Streep es que el poder ejercido con violenta desinhibición es, a la vez que mímesis de la desinhibición social (finalmente, a través de Trump hablan sus votantes) sino la apología de la violencia (como lo son los deportes y las artes marciales).
Contra eso, la advertencia de que la violencia genera violencia, deberá entenderse también como una llamada a la profundización de los vínculos solidarios.


jueves, 12 de enero de 2017

Intentar no cuesta nada




lunes, 9 de enero de 2017

Un escritor de frases

por Daniel Link para Perfil

No sé qué decir de la muerte de Ricardo Piglia, que me conmueve profundamente. Escribí sobre su literatura, discutí con él sus novelas, le escuché contar historias con una gracia irrepetible, le reproché alguna metida de pata, le pedí consejos para algunos proyectos que él auspició con generosidad infrecuente.
Pienso que yo, como muchos, pensaba que Piglia siempre iba a estar ahí, a lo mejor enfermo, como en los últimos meses, pero siempre pensando y escribiendo.
No sé qué decir sobre la muerte de Ricardo Piglia salvo que me parece injusta, prematura, inconcebible.
Aunque queden sus libros, Ricardo era un escritor de frases. Conversando, decía, por ejemplo, "para Walsh la literatura era como una adicción". Sólo eso, y con eso nos daba años de trabajo para pensar a Walsh en esa línea.
Lo mismo hizo con Borges, con Arlt, con Gombrowicz, con Cortázar, con las formas breves que tanto le interesaban aunque no las cultivara desde sus primeros libros.
Yo, como tantos otros, le debo mucho a Piglia, pero sobre todo, le debo un modo de sociabilidad que no renunciaba a los principios pero que tampoco los ponía por delante de la curiosidad mundana.
Me divertía esa manera de hablar ladeado que tenía (y que muchos quisieron imitarle), de rascarse la cabeza mientras iba pensando e hilvanando referencias. Sabía mucho, Piglia, pero no le gustaba que se notara. El lujo, aunque fuera cultural, le parecía guarango.
El único lujo que se permitía era el de la frase, las cláusulas elegantísimas de las frases que armaba, la relación inesperada entre lugares argumentativos lejanos.
No sé qué decir de la muerte de Piglia, no sé qué pensar. Estoy harto de que se me mueren las personas, los amigos, los maestros.
Estoy harto de la hostilidad del mundo y de tener que enfrentarla cada vez más solo.
Y estoy harto de que algunos quieran aprovechar la circunstancia para ocupar el lugar que Piglia deja vacante. No hay forma, ese lugar es imposible de ocupar por muchas razones, que involucran una sensibilidad al mundo y a la historia, una esperanza de transformación social (que Piglia nunca dejó de sostener), un amor a la escritura y a los géneros, incluso los más viejos, los más anacrónicos, una curiosidad por los pormenores narrativos (que son también los de una vida).
No sé, no sé qué decir salvo gracias Ricardo, por todo lo que hiciste por nosotros, por todo lo que hiciste por mí. No hay manera de saldar esa deuda, salvo recordarte con alegría y traspasar a los más jóvenes una idea de novela, una idea de literatura, una idea de historia y una idea de comunidad (sé que esos temas te importaban), Esas ideas, que parecen ideas menores en un mundo que cada día se acerca más a la catástrofe, sin embargo, son ideas en las que se puede fundar un mundo. Lean a Piglia, traten de entender la étiica que de sus libros se deduce, el amor al presente que sostienen. Lean a Piglia. Sepan de dónde viene todo lo que nosotros podemos sostener. 



El último novelista


Por Daniel Link para Clarín

Hubo un tiempo en que Ricardo Piglia lo representaba todo para nosotros. Eran los tiempos de Respiración artificial, una novela que sigue siendo enigmática por el modo en que consiguió erigirse en la novela de una época, la que mejor la explicaba sin representarla mecánicamente. Hubo un tiempo en que las líneas de lectura de la literatura argentina que proponía Ricardo Piglia eran las que nosotros copiábamos de manera más o menos explícita.
Hubo un tiempo en el que Piglia nos enseñaba, al mismo tiempo, los caminos de la emancipación y los caminos de la literatura.
Después crecimos y comenzamos a discutir con él. Y él aceptó discutir con nosotros. Creo que ésa fue su mayor generosidad para con las generaciones más jóvenes. Lo admirábamos tanto que llamábamos su atención discutiendo con él, censurando un episodio novelesco (nunca una frase, porque todas las suyas son perfectas) que no nos parecía a la altura de lo que nosotros esperábamos, pavadas de niños.
Él nos escuchaba porque le interesaba saber lo que pensábamos y nos corregía. SI lo acusábamos de "populista", aceptaba el adjetivo con la condición, decía, de que se entendiera que el populismo era una de las grandes tradiciones de la literatura argentina, desde la gauchesca hasta Arlt. Obviamente, tenía razón y nos obligaba a repensar la serie histórica.
Era un maestro relacionando textos y problemas, tensionando el campo de lo argentino hasta volverlo mucho más interesante de lo que siempre fue y será.
Ricardo era un historiador de formación, pero el formalismo ruso le había enseñado a leer la historia en su propia inmanencia, lo que equivalía a no darla por sentada nunca, porque la historia se hace en cada pormenor. "¿Hay una historia?" dice el comienzo de Respiración articial, en relación tanto con la materia textual como con los pormenores de la política, un desgarramiento en el que nunca podemos estar cómodos del todo.
Ricardo estaba enfermo hace un tiempo. No tanto como para que nos hubiéramos olvidado de él. Y como él seguía pensando y armando libros contra reloj, también pudimos leer parte de sus diarios, que él consideraba su obra verdadera. Todo lo demás lo hacía, dijo muchas veces, para poder publicar los diarios de Renzi.
Pese a saberlo enfermo, su muerte, sin embargo, nos sorprendión y nos llena de desesperación. No hubo en los últimos años nadie como él, que pudiera darle a la novela la estatura que necesitaba para no morir del todo.
Ahora ya no habrá más novelas, y tampoco hipótesis para leer la literatura argentina o el presente, en fin, todo aquello que a Ricardo lo apasionaba.
Tengo que seguir escribiendo sobre él, mientras lo lloro.

Hiciste la maleta, ay sin decirme adió, ay qué doló




sábado, 31 de diciembre de 2016

La vita nova


Por Daniel Link para Perfil



Diciembre fue, para él, un mes crudelísimo. Dos proyectos en los que había invertido buena parte de las semanas de un año par y bisiesto (que considera funestos, no importa cuánto lo acusen de supersticioso) se vinieron abajo como un castillo de naipes, lo que sumado a las habituales características de ese mes insoportable (dos amigas muertas, la ciudad atormentada, la necesidad de cerrar siquiera ilusoriamente los asuntos pendientes) y algunas nuevas (las copiosas lluvias, las convulsiones sin cura que sufre la perra vieja, ya en sus catorce años) lo hicieron desear huir a cualquier parte.

Cumplida la navidad, se presentó en Ezeiza para abordar rumbo al extranjero: de lejos dicen que se ve más claro. Ya en otro país, comenzó a pensar que todo daño tiene su parte buena: tal vez haya llegado la hora de resolver el problema de la galería para que deje de inundarse cada vez que el cielo se desmorona arrastrando árboles y cables de teléfono consigo, tal vez le convenga liberarse tiempo para encarar un año impar en el que confía ciegamente con la energía para cumplir viejas promesas que fue postergando excusándose en la cantidad inverosímil de trabajo que le impedían hacer lo que verdaderamente le gusta. En adelante, se dice, antepondrá su propio bienestar al de sus colaboradores y las empresas para las que trabaja.

Se le ocurre que, incluso con los proyectos que todavía podría sacarse de encima, el tiempo no va a sobrarle, así que evalúa dejar esto o aquello. Todo dependerá, naturalmente, de su situación económica, que no puede ser peor que en 2016.

“Ya se verá”, se dice en el momento en que levanta la copa y se encamina, tomado de la mano con su pareja, los dos vestidos de blanco, rumbo a la espuma del mar que rompe sobre la playa.

Ya quiere volverse, para empezar la vida nueva que imagina en un año impar: la dicha de un cuaderno en blanco y el deseo de llenarlo de símbolos extraños.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Legisladoras

por Martín Kohan para Perfil

Hay algo que me fascina en Lilita Carrió, pero no alcanzo a discernir qué es. Entiendo que no existe cosa alguna que me empariente con ella. Y sin embargo, cuando la escucho hablar, quedo prendado (no sé por qué) de lo que dice. Ella cree firmemente en Dios, yo nunca he podido. Practica una religión, yo nunca he querido. Punta del Este y Miami son sus ciudades predilectas, yo apenas si las he pisado, y siempre con la urgencia de abandonarlas cuanto antes. Su vocación fue la abogacía, cuya utopía es la univocidad; la mía, la literatura, en la que imperan la equívoca polisemia, la proliferación de sentidos. Dos fuerzas políticas a las que jamás me he aproximado son el Partido Conservador y la Unión Cívica Radical, y ella fue artífice de una victoriosa coalición entre ambas. En resumen, nada que ver. Y sin embargo, si la pesco en la televisión, como me pasó la otra noche, dejo todo y me quedo escuchándola poco menos que en estado de hipnosis. Entiendo lo que le sucede a Majul que, en su presencia, casi no puede articular palabra: tan sólo parpadear y arrancar con preguntas que no van a prosperar. Lo entiendo porque a mí me pasaría lo mismo.
Carrió se expide siempre con frases absolutas (ni los papas emplean tantas). Habla y todas las palabras que pronuncia parecen estar en mayúscula: Muerte, Dios, República, Verdad, Denuncia; pero también Una Amiga, Mi Secretario, Dos Ambientes, Marcha Atrás, Angioplastia. Deber ser cierto que se comunica con Dios, o por lo menos que lo oye, porque le imita la retórica y lo hace a la perfección. No me parece que sea apocalíptica, como le han reprochado a veces, sino más bien edénica; más que en las condenas de algún terrible juicio final, la veo expulsando réprobos de un jardín de pureza que ella misma cultiva y administra. Sus denuncias a mansalva y sus continuas amenazas de cárcel son apenas una pequeña parte de sus fenomenales pronunciamientos, como se advierte en esa versión deficiente que intenta Margarita Stolbizer (que también formula denuncias y promete cárceles, pero todo lo dice siempre en cursivas y en minúsculas: es lo opuesto de Lilita Carrió).
Carrió es rotunda, y me resulta difícil sustraerme a su elocuencia tajante. Es rotunda en las cosas que dice y es rotunda en las cosas que calla (porque de pronto se empaca, ladea la vista y el tono, y anuncia sombría: “No hablo más”). Abunda, por caso, en detalles íntimos de reparto de alcobas y lesbianismos desmentidos, para sentenciar a continuación que sobre su vida privada no va a responder nada. O repudia, y con toda razón, las fortunas escabrosas de opacos enriquecimientos, pero establece de inmediato que no se ocupará del bueno de Franco Macri. Fue colosal su explicación de por qué falta a su trabajo, es decir, no va al Congreso: dijo que está por cumplir 60 años, que ya no tiene salud (la Sacrificó por la República) para quedarse hasta las cuatro de la mañana escuchando estupideces.
No me gusta trasnochar y menos aun escuchar estupideces, así que la comprendo perfectamente. Pero, ¿no es éste un pronunciamiento extraño para una Republicana Cabal, toda vez que esos otros legisladores representan a los ciudadanos que soberanamente los eligieron? La impaciencia de Lilita Carrió me intriga tanto como su paciencia. ¿Por qué a veces es intransigente y letal con los abominables corruptos y otras veces se sienta a conversar y les da explicaciones y tiempo? ¿Por qué a veces expulsa sin más y a veces solamente amonesta? ¿Cómo es que su Rectitud Absoluta admite relatividades, hace advertencias pero da plazos, señala turbiedades pero tolera y aguarda?
Detesto la corrupción y detesto que me mientan. Pero la lucha contra la corrupción que emprende Carrió (que algo tiene de Cruzada) y las verdades que suelta (que algo tienen de Trance Místico) no calan, a mi entender, en un proyecto político que apunte de veras a la lucha contra los grupos de poder que imperan en Argentina y someten a las mayorías. Por eso, si se trata de mirar la tele, me entretengo con ella; pero celebro que en el Congreso Nacional ocupe una banca Myriam Bregman. 



sábado, 24 de diciembre de 2016

Un sueño de navidad


Por Daniel Link para Perfil

Rogue One llegó como regalo navideño para fanáticos de Starwars. Fueron a verla en familia a un cine acondicionado especialmente con dos filas de butacas que se movían (vibraban, se inclinaban) según los pormenores de la película. Ni eso evitó el pesado sueño que le sobrevino a los quince minutos de comenzado el derivado berreta y que lo atenazó hasta bien avanzada la película.
Era obvio: ningún subproducto de la saga puede estar a la altura de la nave nodriza o hacerle sombra (intuyó que el contrato diría que sólo pueden actuar en ella muertos dibujados y personajes que serán liquidados impiadosamente). La película es protocolar, fría como el hielo, el argumento es previsible y plagado de agujeros, y en el casting y diseño de personajes sólo se destaca Diego Luna (¡un héroe mexicano intergaláctico!). El asunto familiero que tanta rentabilidad le asegura a Hollywood estaba un poco tomado de los pelos (la Estrella de la Muerte se llamaba así porque un padre científico le decía a su hija, protagonista atónita de una película que nunca debió existir, cuando era niña: “Estrellita”, o algo así).
El cine estaba vacío y las funciones posteriores habían sido suspendidas, probablemente porque no habían vendido ni dos entradas, probablemente por la huelga de controladores aéreos que manejaban las butacas, qué podía importarle: bravo por los espectadores ausentes, mal por él, que va al cine una vez al año, a dormir zarandeado por un carrito traído de Disneylandia.
Hacia el final (se había despertado de pésimo humor) hay unas penosas escenas en las que un cable no llega hasta el enchufe y en las que el botón principal que hay que accionar queda a veinte metros del edificio donde están refugiados los héroes, sólo para que un chino ciego pueda caminar entre las balas amparado por el escudo protector de la Fuerza, de comportamiento siempre caprichoso.
Pero durmió y soñó. Soñó que en el mundo había científicos bien pagos y que los presupuestos estatales destinados a la investigación se respetaban y se incrementaban según las promesas de campaña. Sonó que los jóvenes que trabajan con él accedían a las carreras en el CONICET para las cuales tenían méritos más que suficientes y que liberaban posiciones laborales que él podía ofrecer a jovencísimos que necesitaban juntar antecedentes para cuando les llegara ese trance. Soñó que ningún docente universitario tenía que mirar con desesperación el saldo de su cuenta para saber si podría comprar regalos de navidad para sus hijos. Soñó que un presidente que entregaba premios a científicos en la Casa Rosada escuchaba el justo reclamo de los premiados en relación con el sistema de becas y el amparo de las vocaciones científicas se levantaba y firmaba un decreto que los salvaba de ser esclavizados por el Imperio: su regalo fue un sueño. 


miércoles, 21 de diciembre de 2016

¡Gracias, Paula!

Pero en verdad, ellas no son amigas, son nuestras amas....






sábado, 17 de diciembre de 2016

Josefina, la cantante


Por Daniel Link para Ñ

La primera vez que vi a Josefina Ludmer fue en un teatro donde Punto de Vista organizaba una serie de conferencias clandestinas. Corría el año 1981 (¿o 1980?) y ella presentó el género gauchesco como una literatura menor, usando las nociones que Deleuze y Guattari habían presentado en Kafka y que yo casualmente había leído la semana previa, en una traducción parcial publicada por una revista cuyo nombre no recuerdo. Las dos circunstancias, la conferencia y la publicación de un capítulo de Kafka, devuelven una imagen de un régimen autoritario ya resquebrajado.
Yo no fui alumno de Josefina en lo que ella llamó “la universidad de las catacumbas” y tampoco fui su alumno en la Facultad de Filosofía y Letras, cuando la restauración democrática permitió que cientos de jóvenes entusiastas se beneficiaran con su pedagogía. Como nunca fui su alumno, nunca la sufrí como maestra (su magisterio, muchos cuentan, no ignoraba la crueldad).
Cuando en 1988 se publicó la primera edición de El género gauchesco. Un tratado sobre la patria (que a mí me gusta mucho más que las posteriores), reseñé el libro para la revista Espacios. Del libro había desaparecido todo rastro de Kafka, así que me pareció necesario reponer ese contexto que era, al menos para mí, importante.
Escribí, junto con Kafka: “Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído no conoce la potencia del canto”. El canto, el teorema de Cantor, Kafka y la China se daban cita para definir una nueva relación entre la literatura y la política de los cuerpos.
Ya antes había leído Cien años de soledad. Una interpretación y Onetti. Los procesos de construcción del relato. El primero me había resultado fascinante (Josefina nunca compartió mi fascinación por ese libro que a ella ya no le gustaba); el segundo, no tanto, porque yo era muy inmaduro cuando me lo hicieron leer por primera vez.
Después vinieron El cuerpo del delito, un libro extraordinario y muy mal (y poco) leído, tal vez porque desarrolla una tarea de demolición en el corazón mismo de la conciencia literaria patriótica, la coalición liberal, cuyos sujetos “inventaron, entre todos, un tono y una manera de decir que quiso representar «lo mejor de lo mejor» de un país latinoamericano en el momento de su entrada en el mercado mundial, y que se hizo «clásico» en Argentina. Y tambien inventaron entre todos, con ese mismo tono, una lengua penetrada de arrogancia, de xenofobia, de sexismo y de racismo”.
De Aquí América latina. Una especulación no me gusta hablar demasiado porque Josefina me incluyó en el corpus de ese libro delirante y justificarlo sería como justificarme a mi mismo.
Todos los libros de Josefina marcaron un antes y un después en lo que nosotros podríamos leer. Por supuesto, ella no esperaba que siguiéramos sus indicaciones, sobre todo porque, luego de haber puesto a prueba los paradigmas de lectura de una época, los descartaba por otros.
Pensar que ya no no podremos encontrarnos con ella para comentar los pormenores de nuestra vida cada vez más triste nos arroja a una intemperie casi tan intolerable como la de saber que ya no habrá más libros de Josefina y que deberemos contentarnos con releer sus libros previos.
Redimida ahora de los afanes terrestres, Josefina se perdera jubilosa entre la innumerable multitud de los seres de nuestro pueblo, que amplificarán su canto y la repetirán (sabiendo o no que lo hacen) como lo que siempre fue: nuestra mejor lectora, y la que llevó el Texto (que fue su única obsesión) hasta los umbrales mismos de su transformación en otra cosa.


Por Daniel Link para Perfil

Todos los libros de Josefina Ludmer, quien acaba de dejarnos solos a merced de la brutalidad del mundo, me marcaron, desde Cien años de soledad. Una interpretación hasta Aquí América Latina. Una especulación. Pero ninguno tanto como El género gauchesco. Un tratado sobre la patria (1988).
Quienes esperaban encontrar en el libro más o menos lo mismo que en sus artículos previos sobre el tema encontraron que El género gauchesco es otra cosa: Un tratado sobre la patria (palabra anticuada como pocas: el experimento en el anacronismo). De los artículos anteriores sólo quedaron restos al comienzo y al final del libro. El género gauchesco habla de la literatura gauchesca. Un tratado sobre la patria habla sobre el futuro argentino (el pacto de los Olivos).
Hasta la página 97 el Tratado sobre la patria (los títulos son intercambiables: no hay función subtítulo o son dos libros encimados) parece un libro escrito con inteligencia previsible. Sin embargo, en la página 98 aparece reproducida una nota de Clarín: “fue verificada una teoría de Einstein”. A partir de ahí, el libro empieza a hablar de todo mezclado y a interpelar al lector para que descubra las distintas figuras que se pueden formar con las piezas del Tratado. Sigue un fragmento de Einstein, las conversaciones que Mitsou Ronat sostuvo con Chomsky, la bibliografía de Hidalgo, otra vez Chomsky y por fin la voz “en off” del tratado. Después otra vez Chomsky, las vidas de Luis Pérez y de José Hernández, un fragmento sobre Borges y Joyce, más Chomsky, Peirce, Eisenstein, Marcel Mauss, en un patchwork vertiginoso. Es ahí donde El género gauchesco se vuelve pop: pone la crítica en crisis, trata de “disolver simultáneamente el género (lo que se lee) y la crítica (la que lee)”, como el pop; arma un “efecto de perspectiva cambiante”, como el happening.
El capítulo segundo, de nuevo, empieza hablando con propiedad del género gauchesco pero pronto se instala en un terreno otro que habla de la ley y el Estado. Aquí se leen las reacciones ante el ascenso de las masas: las fiestas del monstruo, desde “La refalosa” hasta El fiord, pasando por Borges y Bioy, episodios que Un tratado sobre la patria aspira a no reconocer en su estabilidad, porque El género gauchesco apuesta al futuro de la patria, que es pura potencia. Por eso el Tratado descubre a las Madres de Plaza de Mayo en el Martín Fierro.
Era mucha deuda para que yo no intentara consignarla.




sábado, 10 de diciembre de 2016

El goce de la idea


Por Daniel Link para Perfil

A este gobierno le va mal. Si le fuera bien, de todos modos sería un gobierno cuyos actos habría que repudiar, pero lo curioso es que le va mal. No sabe de dónde sacar las monedas que necesita para sostener sus promesas electorales, la obra pública está parada, sus funcionarios meten la pata hasta la cintura (digamos Relaciones Exteriores, para no tener que demostrar nada en poco espacio) y se los sigue sosteniendo como si fueran luciérnagas en una mina abandonada, el Parlamento se muestra francamente hostil a aceptar los envíos del Ejecutivo y sanciona leyes contrarias a sus esperanzas, la prensa no cesa de interrogar el memorandum de Qatar, las joyas de la corona populista, YPF y Aerolíneas, se arrastran como pesos cada vez más muertos, la clase media abandonó las tiendas de cachivaches hogareños y de ropa pese a lo cual la inflación no se ha detenido.
No se sabe de dónde vendrá la iluminación profana que muestre al Ejecutivo que no alcanza con un deseo de prolijidad y de pureza (que, de todos modos, está lejos de alcanzarse) para colocarse del lado del Bien.
Haber apostado a la generosidad de los que más tienen es ignorar la lógica mezquina que rige la acumulación. Haber abierto la puerta al blanqueamiento familiar es reconocer de antemano el fracaso de las hipótesis de buen gobierno.
El blanqueamiento es un procedimiento cosmético que puede provocar desde la formación de cicatrices hasta rasgaduras. Mejor sería entregarse al puro goce, pero esta gente no tiene la menor idea.



sábado, 3 de diciembre de 2016

El sueño eterno


Por Daniel Link para Perfil

Las revoluciones las hacen las multitudes, no los hombres (o mujeres) individuales. Las multitudes sueñan su emancipación, su futuro y su dicha. Su resistencia al poder y su vocación de revuelta son el índice de un malestar que se potencia a medida que dura en el tiempo. Aunque la lógica temporal de la revolución todavía no es clara, sabemos que no se mide en vidas humanas y que se corresponde con un desgarramiento, porque allí donde hay deseo (o amor) hay desgarramiento.
Los hombres (o mujeres) individuales forman partidos, arman conspiraciones, crean planes estratégicos, pero sin el deseo y el desgarramiento no se llega a nada, porque las ideas justas son a veces ideas que se atienen al sentido común dominante y al consignismo establecido (“paz, pan y trabajo”), meros puntos de verificación.
El pensamiento revolucionario (que compromete los cuerpos, los tiempos y los relatos), en cambio, es tartamudo, se expresa sólo con interrogaciones (“¿Qué hacer?”), quiebra todas las demostraciones.
Murió Fidel Castro. Sea. Para muchos estaba muerto hace ya demasiado tiempo, desde el momento mismo en el que la Revolución Cubana se empantanó en su propio mar de los sargazos. Fidel Castro fue un líder: no el que inventó la Revolución, sino el que encauzó los sueños, las esperanzas y las energías de una multitud incivil. Lo que pasó después, es bien sabido (también la Revolución Francesa terminó en Napoleón).
Los medios del mundo (especialmente los argentinos) aprovecharon la circunstancia para cerrar definitivamente un libro enmohecido y arrojarlo al agua para que se lo devoren los tiburones. Con una algarabía que hiela la sangre, dijeron “Ya está”. Fracasó la revuelta de los catalanes (1640-1652), fracasó la revolución inglesa (1642-1689), fracasó la Revolución Francesa (1789), fracasó la Comuna de París (1871), fracasaron las Revoluciones Mexicana (1910), Bolchevique (1917) y Cubana (1959), se nos dice. Basta de estos asuntos. Dediquémonos al desarrollo. Pero en fin, para citar al filósofo: “¿quien ha creído en algún momento que una revolución termina bien? ¿Quién, quién?”.
Una revolución no es solamente el proceso por el cual se toma el poder (es decir el Estado) para constituir una nueva casta de burócratas, sino un desgarramiento que introduce al nuevo pueblo y desplaza el horizonte de lo imaginable hasta límites desconocidos hasta entonces.
No se puede (no se debe) someter el deseo, la esperanza y la espera de la revolución a la lógica del “suceso” o de la adecuación entre los objetivos y los logros. Todo el mundo sabe que las revoluciones fracasan. Pero que las revoluciones se frustren o que salgan mal nunca ha conseguido extirpar del todo el deseo de revuelta e insurrección.
Murió Fidel. Pero la idea (el deseo, el sueño, la esperanza) siguen intactos mientras la única salida para el ser humano consista en volverse revolucionario (no por capricho, sino porque la cuota de sufrimiento que el estado actual del mundo provoca es demasiada alta). Cuantas menos certezas tengamos sobre el tiempo que vendrá, tanta más energía habrá de liberarse cuando llegue el momento. Y cuanto más fracasen las revoluciones, cuanto más se obstine el poder en confundir el relato histórico con el deseo, tanto más nos aferraremos a nuestro sueño.
Antes se suponía o se sabía que la revolución la harían los campesinos y los obreros. Pero esos nombres han dejado ya de ser políticos (han dejado de ser el sujeto de la historia) y las clases, sin desaparecer, han cedido su protagonismo a nuevas singularidades: las mujeres, los desocupados, los indignados, los que se oponen al orden neoliberal (continuo desde la década del setenta, no hay que engañarse), los ecologistas, las comunidades indígenas, los disidentes sexuales, los migrantes, los hackers, los poetas y los artistas, las máquinas, yo qué sé (¿no fundan las películas Terminator y Matrix un pensamiento terrorista sobre la hipótesis maquínica?).
Murió Fidel y alguien dijo que murió el último de los dioses del siglo XX. No tanto ni tan poco: un sumo sacerdote de un culto que seguirá vivo, eterno y sin dueños. 


 

sábado, 26 de noviembre de 2016

Migrar es morir un poco


Por Daniel Link para Perfil

Para los Estados capitalistas (es decir, para los Estados a secas), somos poco más que malas hierbas que hay que tolerar porque nunca se sabrá en qué momento hará falta un yuyo para mantener el terreno en condiciones.
En los aeropuertos y las estaciones de tren nos consideran terroristas potenciales que deben ser sometidos a escrutinios humillantes. Hace unas semanas, en una estación catalana, tuve que tirar a la basura un juego de cuchillos de cocina que había comprado para regalarle a mi yerno, porque los trenes de alta velocidad ya no toleran en el equipaje (¡pero en los trenes no hay bodega!) semejante tentación de masacre. Juro que no lo sabía.
En las autopistas nos consideran borrachos asesinos y nos fotografían cada vez que pasamos por una estación de peaje para... mandarnos multas por alguna infracción que desconocíamos porque los límites de velocidad se fijan caprichosamente.
En las farmacias, nos consideran drogadictos irrecuperables y nos exigen prescripción médica para cualquier cosa que no sea un analgésico para niños (prescripciones que los doctores hacen según lo que los visitadores médicos o Internet en el mejor de los casos les recomiendan).
Seguramente hay algún drogadicto irrecuperable, un borracho asesino y un par de terroristas cuchilleras en el mundo, pero la presunción de que todos podemos serlo no es sólo ofensiva sino que nos pone en el lugar que nos corresponde: la de sujetos aterrados y sin dominio alguno sobre su propia vida, su propio cuerpo, su propia felicidad o su propia pena.
En estos días se suma a lista de sospechas infamantes la de que todos podemos ser migrantes (y, por extensión, terroristas, drogadictos, borrachos asesinos) que usufructúan los que a la gente de bien tanto trabajo le cuesta.
Digamos las cosas como son: es el fascismo lo que nos arrastra y, al mismo tiempo, nos paraliza. Habrá que hacer algo, por ejemplo: ponerse a pensar en serio.



domingo, 20 de noviembre de 2016

Ana no duerme


por Daniel Link para Ñ

Ana Amado (1946-2016) se refería a mí como “mi amigo gorila”. Yo me refería a ella como la presidente de la rama femenina del “Peronismo Paquete”. Para nosotros no existía la grieta porque el amor que nos teníamos superaba nuestras diferencias políticas (que no eran tantas, después de todo, porque odiábamos con la misma intensidad las doctrinas y las estéticas que avalan las desigualdades y el statu quo).
Una vez estábamos almorzando en Santo Antonio de Lisboa, una de las playas más hermosas del mundo, cuando nos enteramos del accidente de carótica del Sr. Néstor Kirchner. Entre otras cosas, dije: “Ahora a Cristina no hay quien la pare”. Como ella simpatizaba más con el marido que con ella, le pareció que mi comentario era, más allá de destituyente, una premonición que no convenía pronunciar en alta voz. El tiempo me dio la razón y la posibilidad de hacerle chistes a Ana sobre su sordera política de entonces.
Yo había conocido a Ana cuando estaba haciendo mis cursos para el Doctorado (que nunca pude terminar, tal vez porque no la tuve a ella como tutora). No sé muy bien por qué, pero me indicaron que debía hacer un curso de “Lectura de películas”, y la suerte quiso que lo único parecido fuera, en ese momento, la materia “Análisis de Películas y Crítica Cinematográfica” de la que Claudio España era su titular y de la que Ana era su adjunta.
No sé qué decía por entonces España (creo que sus clases abundaban en anécdotas y otros desperdicios), pero recuerdo la profunda impresión que me causó Ana: una mujer hermosa, bien vestida, impecablemente peinada y que sabía todo sobre cine y sobre los métodos analíticos más contemporáneos. Como yo trabajaba por entonces en una cátedra parecida, Teoría y análisis literario, estaba siempre pendiente de las patinadas que cualquier colega pudiera cometer. Ana no cometió ninguna, ni entonces, ni en los veinticinco años posteriores, durante los cuales fuimos cada vez más amigos.
El estilo hablado de Ana, que puede todavía apreciarse en algún video de Internet, era entrecortado porque cuando uno le hacía una pregunta ella realmente escuchaba y trataba de pensar la mejor respuesta (no para ella, sino para su interlocutor). Además, había nacido en Santiago del Estero, lo que le daba un peculiar matiz y una entonación deliciosa al castellano que hablaba (y que a mis oídos la colocaban en un altísimo sitial afectivo porque las lenguas y los cuerpos intervenidos por el terruño que aquí llamamos “el interior” me son siempre mucho más queribles).
Ana fue luego la titular de esa materia española y llegó a ocupar el estrambótico cargo de directora de la carrera de Artes. Fue además fundadora del actual Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género y participó de la creación y desarrollo de la revista Mora hasta el presente.
El interés de Ana por el cine, del cual fue siempre la más fina analista que yo haya conocido, no era sólo académico porque para ella las imágenes tenían una potencia ética a la que no sólo no debía renunciarse, sino que había que perseguir hasta sus últimas consecuencias.
En México, donde vivió su exilio durante la Dictadura (antes había vivido en Caracas, durante dos años), realizó el documental Montoneros, crónica de una guerra de liberación (1976, 117 min, blanco y negro) junto con Nicolás Casullo (lo firmaron como Cristina Benítez y Hernán Castillo, por si acaso). Es una de las pocas muestras de cine hecho en el exilio, junto con Las vacas sagradas de Jorge Giannoni (1977), cuyo original está en Cuba, Esta voz entre muchas de Humberto Ríos (1978), Resistir (1978) de Jorge Cedrón (aka Julián Calinki) y Las tres A son las tres armas, firmada por Cine de la Base (1979).
Sé que Ana ya no está con nosotros y por ahora soy incapaz de comprender un mundo sin ella, sin la cadencia de su voz, sin su disparatada manera de pararse frente al mundo, sin su agudeza y su sentido del humor. Nunca la escuché quejarse y la he visto realizar esfuerzos sobrehumanos, ya enferma, para asistir a una conferencia donde ella creía que iba a poder aprender algo.
Por fortuna nos quedan sus libros. Junto con Susana Checa hizo Participación sindical femenina en el Sindicato Gráfico (1999), con Nora Domínguez, Lazos de Familia. Herencias, cuerpos, ficciones, con Norma Valle y Bertha Hiriart hizo Espacio para la igualdad. El ABC de un periodismo no sexista, títulos en los que volcó algunas de sus preocupaciones militantes.
Pero es en la lectura del cine donde mejor brilla, donde mejor lucen sus interrogaciones éticas, donde más se siente su calidez, su agudeza, sus inclaudicables (y para nada ingenuas) posiciones históricas: Imagens afetivas no cinema latino-americano (2002) y La imagen justa. Cine argentino y política (2009), donde el título robado a Godard le sirve para sostener una idea de justicia al mismo tiempo que la precisión formal. Uno de sus lectores (Patricio Fontana) señaló que “A menudo se tiene la sospecha de que el cine argentino tiene mejores críticos de los que se merece” y concluyó subrayando que “Este libro de Ana Amado le aporta argumentos contundentes a esa intuición”.
Sí, Ana ponía su talento muchas veces al servicio de un material que no estaba a su altura y que ella, generosamente, mejoraba con su mirada y su atención al detalle. Era una de esas personas que, como dijo Didi-Huberman, a quien ella citaba, “buscan experimentar lo que no ven, lo que ya no veremos, o más bien experimentan lo que con toda evidencia no vemos (la evidencia visible)”.
El cine era para Ana la patria de los gestos (y, por eso mismo, hizo pasar toda la política por el cine) pero también una memoria espectral, un trabajo de duelo magnificado.
A las memorias luctuosas del cine se suma hoy la muerte de quien fue su mejor analista, y la más encantadora. En estos días de luto, estoy seguro, Ana juega con hadas y tal vez mañana despierte sobre el mar.


sábado, 19 de noviembre de 2016

Ruido de fracaso


por Daniel Link para Perfil

En el relato “La muerte de la emperatriz de la China”, Rubén Darío hace que un escultor oiga “un gran ruido de fracaso en el recinto de su taller” provocado por su mujer quien, por celos, rompe una estatuilla que el escultor atesoraba. La frase sólo se comprende del todo si se recuerda que “fracas”, en francés, significa estrépito y “fracasser” es romper con violencia. El “fracaso” dariano es un galicismo y la frase “ruido de fracaso”, en este contexto, equivale a “Rey de Reyes”, que se suma a los sentidos más obvios, pero sin cancelarlos del todo: ruido de rotura y violento fracaso de la idolatría (callejón sin salida de las religiones, pero también de las políticas).
Pues bien, 2016 será recordado no como el año en el que la globalización capitalista y el Estado Universal Homogéneo se derrumbaron (hay que ignorar bastante los procesos históricos para entender las elecciones en Gran Bretaña, Colombia y Estados Unidos en esa dirección), sino como el año en el que quedó claro el fracaso estrepitoso de los proyectos compensatorios del Estado: ¿para qué seguir maquillando los proyectos de dominación política y explotación capitalista con sedicentes gobiernos de izquierda si la gente está dispuesta a votar con algarabía en Argentina, en USA y pronto en Francia, en contra suya?
La concentración de capital financiero continuará, las desigualdades se profundizarán, los países periféricos que soñaron con beneficiarse de las migajas de los tratados de libre comercio perderán hasta la capacidad para zurcirse las medias y lo más probable es que, cada vez con mayor frecuencia, la Guerra Civil Mundial que hasta ahora funcionó en sordina y enmascarada en turbias razones de “seguridad” se descontrole en cualquier parte, porque ni las batallas raciales, ni la violencia de género, ni la indignación de los excluidos encontrará freno o protección. El estrépito del fracaso nos va a aturdir.


sábado, 12 de noviembre de 2016

Rasguñan las piedras


Por Daniel Link para Perfil

Hay momentos estéticos de una intensidad política infrecuente y muchas veces no deliberada. Es el caso de la extraordinaria Constanza muere, la inmensa obrita de Ariel Farace desempeñada por la extraordinaria Analía Couceyro, secundada con solvencia por Florencia Sgandurra y Matías Vértiz. Quedan poquísimas funciones antes de que esta obra baje de cartel y apremio al público a que la vea porque es uno de los acontecimientos teatrales no del año, sino de la época.
El texto de la obra, que participa de lo que ha dado en llamarse “teatro poético” es, por eso mismo, un tratado sobre el ritmo, el tono, la melodía, los ritornellos y los estribillos, que Analía Couceyro desempeña no tanto con su voz (transformada hasta el desconocimiento) sino con su cuerpo (transformado hasta la imperceptibilidad).
Dos son los polos tonales de la obra: el “todo” que suponen el amor al presente y el mundo (uno de los momentos de mayor algarabía de la pieza) y el funesto “nada” final, que arroja al personaje, a los actores y al público a un pozo sin fondo de angustia y de tristeza.
Eso alcanza, dicen los cómplices de Constanza muere, para pensar políticamente el presente (subrayado, por si hiciera falta, en los nombres propios que Constanza encuentra en un álbum de fotos: María Eugenia, Mauricio, Patricia).
A la vuelta de mi casa, por Santiago del Estero, está el comedor Jesus Rey, dependiente de la Iglesia Bautista del Centro. Desde hace algunos meses, la cola de las personas que esperan el almuerzo se ha multiplicado por diez. Los turnos en que se brinda ese servicio han debido también multiplicarse porque la capacidad del comedor es limitada y es frecuente ver personas haciendo cola ya desde las diez y media de la mañana para acceder a ese triste beneficio. La responsabilidad de semejante episodio de paisaje urbano es del actual gobierno, y quiere decir que cada vez es más la gente que no tiene ni para comer una vez al día. Fueron arrojados a una nada más allá de la cual sólo cabe imaginar la muerte.
Hay otros, caminando sin rumbo y con la mirada perdida por Humberto Primo, que apenas si atinan a pedir una limosna o pedir un cigarrillo sin ningún tipo de eficacia. Como en 2001, uno se pregunta de dónde salieron todos esos que antes no estaban: forman un todo esperpéntico, criado a lo largo de los últimos quince años (y esto no es responsabilidad del actual gobierno sino del anterior).
Tanto unos como otros (los que están en la calle, pero también Constanza, la Muerte que la acompaña bergmanianamente y la pianista muda), podría decirse, rasguñan las piedras, que casi ya ni sienten.
Contra esa forma de insensibilidad se levanta el arte de verdad, del que participa esta pieza, y nos arrastra hacia la náusea de esa nada (una formación económico-política) que nos resulta intolerable.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Títulos que lo dicen todo

Ana Amado:

Imagens afetivas no cinema latino-americano, 2002

La Imagen justa. Cine argentino y política, 2009

“Conflictos ideológicos e inscripciones textuales. El espacio doméstico en los melodramas fílmicos y literarios de los 50s”, 2005

“Re-visiones del pasado y narrativas de otra generación”, 2007

“Velocidades, generaciones y utopías. Acerca de la temporalidad en La ciénaga, de Lucrecia Martell”, 2004

“Figuras y políticas de lo familiar. Una introducción”, 2004

“Ordenes de la memoria y desórdenes de la ficción”, 2004

“Entre fábulas y conspiraciones .Texto y traición en Ricardo Bartís.”, 2004

“La casa en desorden. Notas sobre cuatro ficciones domésticas”, 2002

Atlantic Casino: La simulación como poética del cuerpo y política del genero”, 2000

“Una deriva (post)romántica” (sobre Kieslowski), 1996

“Hugo Santiago. Una poética fílmica de la tragedia”, 2004

“Ceremonias secretas. Los vínculos familiares como tramas subjetivas de la historia”, 2004

“Ficciones críticas de la memoria”, 2003

“Memoria, parentesco y política”, 2003

“Imágenes del país del pueblo”, 2003

“Herencias. Generaciones y duelo en las políticas de la memoria”, 2003

“Cine argentino. Cuando todo es margen”, 2002

“Anotações sobre ficções domésticas”, 2002

“Novo cinema argentino: fábulas do mal-estar”, 2002

“Estéticas de la urgencia”, 2002

“O motor da inspiracao”, 2002

La ciénaga, de Lucrecia Martel: La gravedad y la gracia”, 2001

“La privatización de la tragedia”, 2001
 

“Cuerpos intransitivos. Los debates feministas sobre la identidad”, 2000
 

“La política-ficción en el nuevo documentalismo. Cine de la herida y la barbarie”, 2004

Los Rubios” , 2004

“Derrida. La rica vanidad del filósofo”, 2003
 

“Ser dos. Los abismos de amor y locura en El infarto del alma, de Diamela Eltit y Paz Errázuriz”, 2002 

“Rossellini, uomo di Dio”, 2000
 

“Los temas tabúes en los derechos humanos globalizados”, 2000







Qué pena que no estés para divertirnos con Tramp




Perdimos

(Cómo sigue nuestra vida después del triunfo de Donald Trump)

por Pablo Marchetti para lavaca.org

Perdimos. Y perdimos por paliza. Perdimos de una manera humillante, catastrófica, que nos deja a la deriva. Una deriva de la que no sabemos muy bien cómo se sale. Pero una cosa es seguro: si queremos salir, si queremos tener alguna chance, aunque sea remota, de revertir mínimamente la situación, lo primero que tenemos que hacer es asumir que perdimos. Que la victoria de Donald Trump es nuestra derrota.
Perdimos. Vos perdiste, yo perdí, aquel perdió. Sabés a qué me refiero, creo que entendés a quién incluye este nosotros. Un nosotros muy amplio, que excede cualquier disputa política doméstica, aún las supuestamente más irreconciliables. Un nosotros inclusivo en la derrota, en la miseria.
Vos también lo votaste, yo también lo voté. Je suis Trump. Hagámonos cargo. Este monstruo es nuestro monstruo. No es que no supimos evitar que crezca, no es que no supimos detenerlo a tiempo, no es que no supimos destruirlo. No, mucho peor: lo construimos. Eso es lo más jodido de todo. Y lo que más duele.
Donald Trump es racista, Donald Trump es machista, Donald Trump está a las antípodas de valores que suponemos esenciales, como la solidaridad, el respeto, la convivencia o la igualdad. En ese sentido, nuestra derrota es evidente: ganó el que representa, de manera explícita, esos valores. Trump no sólo no la caretea ni un poco: el tipo dobla la apuesta y hace alarde de aquello que nos horroriza.

El problema es que el problema no es Trump. Trump es, en todo caso, sólo el comienzo. O, mejor aún, Trump es la evidencia de que tenemos un problema enorme, es la cara de nuestra derrota. No es nuestra derrota. Ni siquiera nuestra derrota es que Trump haya llegado adonde llegó. Nuestra derrota es pensar que toda nuestra derrota se reduce a Trump, al lugar que ocupa hoy Trump.
Hay en el mundo y en la vida muchas opciones bien distintas a Trump. Cosas, hechos, personas, acciones, sentimientos, que están a las antípodas de Trump. Y que existen, están vivas. El punto de partida tenía muchas variantes porque la vida tenía (y tiene) muchas variantes. Sin embargo, cuando el sistema de representación nos pone opciones, siempre pasa lo mismo: o nos consolamos convenciéndonos de que sólo podemos optar entre resignarnos a eso que todos sabemos que es el mal menor, o resignarnos a mandar todo al carajo porque no se puede hacer nada.
Para llegar a donde llegó Trump las opciones no sólo no eran muchas: no existían. ¿O es que alguien en su sano juicio puede pensar que Hillary era una opción más potable que Trump? Si lo hacemos es porque la anestesia autoindulgente funciona. Y tarda poco tiempo en hacer efecto: es así que en pocos días podemos pasar del “y bueno, es el menos malo (o la menos mala)” a defender a ese candidato (o candidata) como si se tratara de un amigo cercano o un pariente entrañable.
La autoindulgencia no es mala sólo por el daño que nos causa a la hora de perder de vista que aquello que en un primer momento creíamos que apenas era el “mal menor”, sigue siendo el “mal menor”, más allá de lo mucho que se haga evidente el mal en el “mal mayor”. Bueno, eso es una parte. Pero el principal problema de esta autoindulgencia es que es el mecanismo que construye al votante-Trump, que es el gran hacedor de Trump.
Ya se enumeraron las obvias cualidades nefastas de Trump. Muy bien, vayamos ahora a las positivas. Sí, leyeron bien: positivas. No, no me volví loco. Tampoco me entregué a la berretada facilonga de pensar que hay que asumir todo tal cual es, que no hay que intentar cambiar nada pues nada se puede cambiar. Pero si no asumimos que hay algo positivo en todo esto no podremos ni siquiera empezar a asumir la derrota, a entender por qué perdimos.
Trump interpela a un montón de gente porque dice lo que piensa. O eso parece: nadie había sido nunca tan frontal en sus críticas a los inmigrantes, a los pobres, a las mujeres. Nadie había osado ser tan incorrecto en épocas donde creíamos que la corrección política reinaba en el discurso político. Pero ese supuesto triunfo cultural, ¿es realmente un cambio de paradigma o de mirada que redunda en la anulación del lenguaje estigmatizante? ¿O se trata sólo de un espejismo creado por un montón de oenegés, artistas y comunicadores que viven de eso?
Trump no es el típico conservador reaccionario. Trump es un magnate playboy, que se casó tres veces, dos de ellas con extranjeras, siempre con mujeres hermosas y jóvenes, la última, una que está siendo “acusada” (¡hasta por el “progresismo”!) porque hace unos años apareció desnuda en una revista francesa.

Trump ganó, además, teniendo a todos los medios en contra. Por primera vez en su historia, el New York Times sacó un editorial apoyando explícitamente a un candidato: en este caso una candidata, Hillary Clinton. El sistema financiero también estaba con Clinton, la representante de un gobierno que había salvado a los bancos. Pero volvamos al supuesto triunfo de la corrección política.
¿Es posible hablar con lenguaje no sexista cuando todos los días asesinan a una mujer por ser mujer? Suena, cuanto menos, ridículo. No está mal intentarlo, claro está. Debemos asumir nuestro lugar como comunicadores, agitadores, artistas, etc. Y está bien intentar cambiar el mundo, siempre y cuando asumamos que es ridículo pensar en que podemos cambiar el mundo. Tener siempre presente que es un disparate subirnos a cualquier pony para cacarear nuestro discurso, se trate de este sitio, de un blog, de un noticiero de televisión o del New York Times.
No tiene sentido dejar de hablar de “negros” y empezar a hablar de “afroamericanos” o “afrodescendientes” si los negros (sí, los negros) siguen siendo la mayoría de la población carcelaria en los Estados Unidos. No tienen sentido espantarse por el discurso xenófobo de Trump contra los árabes si el gobierno encabezado por el Premio Nobel de la Paz bombardea Siria.
“Si pierdo esta elección habrá sido una gran pérdida de tiempo y de dinero”, dijo Trump al cierre de su campaña, con un lenguaje que, podrá gustar o no, pero nadie podrá negar que es pragmático. Habló como un empresario. Pero no como un magnate: como cualquier persona que en su casa, en su vida, hace cuentas para llegar a fin de mes. Los economistas suelen hacer difíciles cosas que todos manejamos en nuestras vidas cotidianas. Sin embargo, las complejizan para expulsarnos de esas decisiones cuando se trata de administrar los bienes colectivos. En ese sentido (en el sentido del sentido común) Trump fue inclusivo.
Trump ganó porque dijo las cosas como son y se evitó dar detalles de cómo las cosas deberían ser. Después de todo, ¿a quién le importan que las cosas sean como deberían ser? ¿Y cómo es que las cosas deberían ser? Podemos discutir sobre si las cosas están bien o no, si es sano que asumamos que sólo podemos llegar hasta acá, que nuestra condición humana no nos permite ir más allá de esta miseria. Podemos discutir y deberíamos hacerlo, de modo urgente. Pero así están las cosas, y eso Trump lo sabe mejor que nadie.
Nos espantamos por Trump mucho más de lo que nos espantamos por un presidente (¡el primer presidente negro de la historia!) que hizo campaña diciendo que iba a cerrar Guantánamo y en sus 8 (¡ocho!) años al frente del Gobierno no movió un dedo para llevar adelante su promesa. Nos espantamos por las declaraciones de Trump sobre los mexicanos, pero nos olvidamos que no fue Trump quien comenzó a construir un muro en la frontera.
Trump nos trae una muy buena noticia: este es el fin del progresismo. Y otra buena noticia más: este es el fin de esa ilusión berreta llamada política. Al menos la política tal como la conocemos. No perdimos porque ganó Trump. Perdimos porque lo único que había a mano para ganarle a Trump era Hillary Clinton. Es decir, la dirigente que, como senadora, votó a favor de la invasión a Irak para cazar (no juzgar: cazar) a Saddam Hussein. A diferencia del entonces senador Obama, que se abstuvo.
Perdimos. Sí, definitivamente perdimos. Y la prueba más contundente de esta derrota humillante es que, en algún lugar de nuestro ser, vamos a sentir que ganamos. Si buscamos bien, si somos honestos con nosotros mismos, nos vamos a dar cuenta de que en algún lugar de nuestra existencia hay un Donald Trump festejando en nuestro interior.
Un Trump que nos constituye, que nos vuelve egoístas, ventajeros, berretas, soberbios. Un Trump que nos cuesta reconocer porque a nadie le gusta hacerse cargo. Pero que está allí, siempre está allí. Por eso lo primero que nos sale pensar es “yo no lo voté”, como una forma de ocultar el “yo lo construí” o el “yo también soy ese”.
No, de ninguna manera quiero caer en exageraciones berretas, en esos generalismos facilongos que anulan cualquier instancia de análisis. Por supuesto que no es lo mismo el que quiere coimear a un cana para zafar de una multa de tránsito que el que muerde cinco palos verdes por una licitación de una obra pública. Como tampoco son lo mismo el que tira basura en la calle o no recoge la mierda de su perro, con quien roba la partida de insumos para un hospital público.
Pensar que es todo lo mismo también forma parte del discurso Trump, del concepto Trump, de la idea Trump del mundo. No es todo lo mismo, no da todo lo mismo. Y como no es todo lo mismo, sería bueno no perder nunca de vista que el mal menor es mucho más mal que menor. Encontrar tranquilidad allí nos conduce irremediablemente a Trump.
Perdimos. Y no tenemos idea cómo salir de esto. Cómo seguir, hacia dónde ir. Perdimos. Tal vez la magnitud de la derrota es todo lo que necesitamos para encontrar algún camino que nos lleve hacia no sabemos dónde. Tal vez sea eso lo que, en nuestro desconcierto, terminemos agradeciéndole a este personaje siniestro, escabroso, monstruoso, a este Donald Trump que supimos conseguir.